José Luis Muñoz habla de su última novela, La invasión de los fotofóbicos

José Luis Muñoz habla de su última novela, La invasión de los fotofóbicos

Quizá sea un tópico volver a escribirlo, pero es que José Luis Muñoz no necesita presentación ya que, además de ser un asiduo colaborador de nuestra revista, es uno de los representantes más importantes de la novela negra y fantástica. Hoy tenemos la suerte de que sea él mismo quien nos hable de su última novela: La invasión de los fotofóbicos.

Me había acercado al género de terror y fantástico en diversas ocasiones, pero no lo había retomado desde El Barroco, una novela sobre un restaurante caníbal que ganó un premio de literatura gastronómica con un jurado presidido por Manuel Vázquez Montalbán. La invasión de los fotofóbicos es, en cierta medida, aunque no lo parezca al lector que se acerque a ella, una novela autobiográfica que tiene pocos elementos inventados, el final, y muchos reales. Habla de la difícil, por no decir imposible, relación entre hombres e insectos. Uno puede mirar a los ojos a una iguana, pero no puede establecer ningún vínculo de comunicación con un insecto. No es que tenga una fobia a todos ellos, no soy de los que se espantan por la presencia de arañas o avispas, pero sí detesto profundamente a ciertos escarabajos domésticos, invasivos, que trajeron los conquistadores en el viaje de vuelta del Nuevo Mundo y que, cuando se meten en las casas, es casi imposible exterminarlo. Hay un dato estadístico terrorífico: por cada uno que ves hay cuatrocientos ocultos. De eso va la novela, de esa invasión de insectos repugnantes que se convierte en la principal obsesión de su protagonista y le hace perder sus relaciones sentimentales, sus amigos, su trabajo literario, todo.

El protagonista de la novela es un escritor varado en la ciudad de Granada, exiliado sentimentalmente en ella, cuyo apellido empieza por K. Ese es un detalle no buscado por mí sino fruto de la casualidad, pero sí, la novela es kafkiana, claustrofóbica, debe a Kafka, pero también a Cortázar, uno de mis iconos literarios que sabía encontrar lo fantástico en lo cotidiano. Es una novela de insectos y de hombres, de una ciudad en la que viví tres años y medio y me parece un escenario fascinante, un exorcismo para curarme de una fobia. No es una casualidad, tampoco, que esos insectos estuvieran presentes en La pérdida del Paraíso, mi trilogía sobre la conquista de América. Seguramente el lector que se acerque a esta novela que, además, viene magníficamente ilustrada en todas sus páginas, va a estar mirando debajo de las alfombras o en las rendijas de sus casas. Pero también diré que es una novela con grandes dosis de humor, dentro de lo terrorífico de la situación, con pinceladas de erotismo y un surrealismo que nace de la vida cotidiana.

9 horas, 30 minutos. Hoy me he puesto la alarma del teléfono móvil para no despertarme muy tarde. Me levanto apesadumbrado. Entro en el cuarto de baño y miro, en el espejo, una cara que cada vez me gusta menos: la mía. Extiendo, como cada día, la alfombrilla de baño antes de meter un pie en la ducha. De debajo de ella sale un asqueroso bicho que corretea y pasa entre mis pies desnudos. Salto, para que no me roce, mientras suelto un exabrupto. Es una negra cucaracha que se detiene justo en la puerta y parece girar su cabeza para mirarme. Es grande, aunque quizá no tanto como la que sorprendí en la cocina. Un escalofrío me recorre la espalda mientras el corazón bombea sangre a toda velocidad. No debe escapar, pero ¿con qué matarla? La cucaracha cruza la puerta y va por el pasillo hasta mi habitación. Corre un tramo de veinte centímetros a toda velocidad, bamboleando el cuerpo, y se detiene un par de baldosas antes de llegar a la entrada de mi dormitorio. No tengo más arma que un diario enrollado que encuentro en la cocina y con él me dirijo a la bestia. Me espera, inmóvil, moviendo las antenas, y cuando voy hacia ella corre, entra en la habitación, se refugia debajo de la cama. Retiro la cama con violencia, arrastrándola por el suelo, golpeando una pared. Está junto a uno de mis zapatos, e intenta trepar por él, meterse dentro. ¡Puto bicho! rujo mientras le golpeo tres veces con el diario, con todas mis fuerzas, tantas que le parto por la mitad y la cabeza, con sus antenas, todavía moviéndose, cae cerca de mi pie descalzo, y su cuerpo queda despanzurrado sobre una baldosa blanca de mármol. La cabeza sigue moviendo las antenas una eternidad, como las cabezas de los decapitados pestañean dentro del cesto de los guillotinados durante la revolución francesa. Me doy cuenta de lo extraordinariamente largas que son. Son prácticamente ciegas y utilizan sus antenas en contacto continuo con las superficies para detectar vibraciones, cambios de temperatura y humedad. Maldigo su presencia en mi casa. Y lamento no poderle causar más sufrimiento a mi víctima, quemarla a fuego lento, por ejemplo, como hacía, de pequeño, con las moscas que capturaba, después de arrancarles las alas, eso cuando no las encerraba con una araña, en un frasco, que daba cuenta de ellas tras inmovilizarlas con un picotazo. La barro. La tiro a la basura sin poder evitar el estremecimiento de asco.

La invasión de los fotofóbicos (Atanor Ediciones, 2013). Si quiere comprar la novela en la librería Estudio en Escarlata y recibirla cómodamente en su domicilio clique en el siguiente enlace.

http://www.estudioenescarlata.com/fichalibro.php?id=978-84-940625-3-7

Autor

Jaime Pacios
Nací en Madrid, pertenezco a un ámbito en el que la cultura ha colmado por sí misma muchos de nuestros anhelos y nuestra forma de sentir la vida. La literatura, la pintura, el teatro, la arquitectura, el cine, la música… el ARTE en general, son términos muy ligados a mí. Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense aunque los avatares de la vida me empujaron por el mundo de la comunicación. He tenido la suerte de trabajar en algunos de los medios más importantes de España y, aunque no soy experto en nada, me complace ser aprendiz de todo.

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