Jorge Drexler. Circo Price (Madrid). 3/VII/2014

Jorge Drexler. Circo Price (Madrid). 3/VII/2014

No voy a caer en el error de convertir un comentario sobre Jorge Drexler en un texto autobiográfico, un error ciertamente imperdonable pero no tan carente de lógica teniendo en cuenta que muy a menudo la escritura de este artista refleja sentimientos universales y por tanto cada oyente puede llegar a pensar que está hablando de él (o hablándole directamente a él), sobre todo cuando sus versos se convierten en consejos que lo acompañarán siempre en el camino de la vida, como aquel de que «uno solo conserva lo que no amarra», o en firmes constataciones de dudas, que así se convierten al menos aparentemente en certezas, de que existen dentro de uno dos universos paralelos que ejercen fuerzas de tensión contrapuestas: la razón y el anhelo. Una de las grandes virtudes de la poesía es dar visos de realidad eterna e incontestable a cuestiones emocionales que preocupan a muchos (a los que se paran a pensar y preocuparse por estas cosas) y además ponerlo en el papel o lanzarlo al aire en ondas sonoras de un modo que uno mismo ni de lejos podría haberlo dicho mejor. Un buen poeta logra ese efecto. Y a menudo Drexler es un magnífico poeta.

Pero, claro, se corre el riesgo de pensar que Jorge Drexler apela directamente a la propia sentimentalidad, a la propia biografía. Y, sin entrar en el acierto o error de tal predisposición a la empatía, provocaría un considerable perjuicio en la intención de realizar un análisis, si no desapasionado y sin prejuicios (entendido etimológicamente, como ‘juicios previos’), sí al menos con el máximo de objetividad de lo que el músico uruguayo nos ofrece en disco o en directo. Quien esto escribe evita con todas sus fuerzas la tentación de hacer de su crónica del concierto de Drexler algo personal. Pero le resulta imposible no empezar hablando de sí mismo, porque quizás pueda añadir alguna cosa sobre los mecanismos comunicativos que pone en marcha este artista en su relación directa con su público.

El 7 de julio de 2005 conocí a Drexler gracias a que unos amigos me animaron a comprar una entrada para su concierto en el Cuartel de Conde Duque, dentro de la programación de los Veranos de la Villa. Por supuesto, ya lo había escuchado antes, y me había emocionado como muchos viéndole cantar «a capella» en la ceremonia de entrega de los Óscar, rebelándose al recibir el suyo ante la imposición de los organizadores de la gala de que otra persona más conocida pero infinitamente menos implicada en su composición la interpretase. Pero está claro que con Drexler no puedo atribuirme orgullosamente esa reivindicación tan habitual entre los aficionados a la música de ser el primero que escuchó a un artista, a veces cuando aún el resto de la humanidad, salvo quizás la propia familia y las amistades cercanas, lo ignoraba. El conocimiento ya más profundo de su obra me llegó cuando llevaba tres lustros tocando y grabando, y sucedió en aquel maravilloso concierto que la casualidad vino a poner en uno de esos días en que un acto salvaje pulveriza cualquier mecanismo de defensa ante el dolor y sume a los seres humanos en una suprema desorientación. Aquella mañana se habían cometido los atentados terroristas del metro de Londres, y todavía los madrileños no habíamos salido del estupor y el miedo por los que perpetraron en Madrid poco más de un año antes. No era fácil evadirse de esos hechos terribles, pero la actuación de Drexler alivió algo el desconcierto, fue (parafraseando de mala manera a Félix Grande) un suave ungüento para la vulnerabilidad. Con el tiempo me he dado cuenta de que el estado de ánimo de Drexler influye sobremanera en el desarrollo de sus actuaciones, por dos razones. En primer lugar porque es un seductor; su éxito estriba a partes iguales en sus canciones y en la sensación de gozo que transmite al público, en el encantamiento que ejerce sobre él. En segundo lugar, porque tengo la impresión (difícil de argumentar con hechos, pero fuerte) de que Drexler no acaba de confiar en su público, no termina de creer que esté a la altura de su arte. Muy a menudo en sus recitales he percibido una tensión flotando en el ambiente, una tensión seguramente justificada pero injusta y que suele aflorar en forma de regañina o simpática reconvención cuando su audiencia se ve impelida a reclamar su protagonismo lanzando a voz en grito comentarios elogiosos o piropos que no vienen al caso, pero sobre todo con el asunto de las palmas a destiempo, palmas que suelen hacer perder el compás a los músicos y que obviamente no solo molestan a Drexler; también otros artistas muestran con frecuencia su disgusto con esta manifestación de su audiencia, que es la que paga y de este modo les permite seguir difundiendo su creatividad pero que lamentablemente (yo también lo pienso) no suele estar a la altura, ya que a veces habría que callar y escuchar. El caso es que, dependiendo del humor del músico, o puede que de lo cómodo o nervioso que se encuentre sobre el escenario, la reconvención derivará en agrio reproche o en suave amonestación que haga reír al reconvenido. Este y otros detalles me han llevado con el tiempo a la conclusión de que un Drexler feliz y relajado puede ofrecer una actuación memorable y un Drexler suspicaz y a la defensiva suele dejar una sensación amarga.

drexler directo

Volviendo a aquel concierto del verano de 2005, entonces Drexler estaba, o eso mostraba, felicísimo y hechizó al público con la compañía de amigos como Kevin Johansen, Paulinho Moska y Martin Buscaglia en una noche que recuerdo con una brisa fresca en el escenario al aire libre (aunque hace demasiado tiempo para no pensar que esto sea una construcción imaginaria). Nueve años después, el marco era el mismo (los Veranos de la Villa), aunque el escenario distinto, en este caso el Circo Price, que propicia otras evocaciones, no menos embriagadoras. Y nueve años después la actitud de Jorge Drexler se parecía más a la de aquel concierto que a la de otros en los que le vi más envarado. Su suspicacia ante la audiencia sigue ahí, está latente, pero la alegría y las ganas de encandilar prevalecieron y por eso el recital volvió a ser memorable. Su último disco, «Bailar en la cueva» (WEA, 2014), enfatiza una idea que por necesidad ha de amplificarse en directo: que la música es esencialmente bailable. Y que el baile es un acto colectivo y atávico, pero pleno de vigencia, un acto irracional y social, liberador. En teoría, este último disco de estudio, después de tres obras maestras, cada una a su manera (la perfecta e indisoluble fusión de fondo y forma de «Eco», con una música que complementa con el detalle justo a la palabra, como si fuera el instante decisivo de Cartier-Bresson en onda sonora; la turbadora melancolía dicha en voz baja de «12 segundos de oscuridad», un disco extrañamente triste y bello, y el encanto orgánico de «Amar la trama», donde el medio, los instrumentos elegidos y la grabación en directo, también es el cálido mensaje), este «Bailar en la cueva» tan felizmente latinoamericano debía dar preponderancia al ritmo en detrimento tal vez de la poesía, lo que a mi juicio puede verse en algunos actos fallidos textuales como «Data Data», o en esa «Plegaria del paparazzo» (con seguridad no atendida) cuya temática me resulta todavía inconcebible en un disco de Drexler, pues me parece rebajarse a personas y hechos que no se merecen su aliento poético, aunque supongan una molestia enorme en su vida cotidiana. También podrían señalarse algunos actos fallidos musicales como esa presencia demasiado patente del Lennon abducido por Yoko Ono y el pacifismo en «La noche no es una ciencia exacta». Pero estos reproches personales (y tal vez equivocados) no deben impedir el reconocimiento de que la idea funciona, así como de los aciertos que tiene este disco hábilmente salpicado de palabras que gracias a su evocación de canciones pasadas nos reconfortan por su familiaridad: vaivén, trama, duda y ese desasosiego que en la voz de Drexler suena a paradoja, nada desasosegante. Debe de ser difícil igualarse o superarse, pero Drexler parece conseguirlo con la belleza arrebatadora de un susurro que es «Organdí»; con ese alegre tradicional de nuevo cuño llamado «La luna de Rasquí»; con la intensidad emocional de «Universos paralelos», en la que se apropia de la música brasileña como si hubiera estado tocando samba toda la vida; con la hermosura poética oculta tras las leyes fundamentales de la física (como en aquel «Todo se transforma») de «Todo cae», que en directo se convirtió en un festivo vals circense; con el retrato fascinante de la intrahistoria de un mundo convulsionado y ejemplo de apoyo mutuo y de la bondad del pobre en medio de la apoteosis del mal que hace «Bolivia» (una de las canciones más logradas de toda la carrera de Drexler, donde la brillante narratividad impregnada de lirismo del texto se enmarca en una música que construye la atmósfera perfecta para el lugar y el tiempo que describe, inquietante, oscura, pero no por ello menos rítmica y bailable); con ese «Bailar en la cueva» que nos incita a movernos y nos brinda otra sentencia declamada (y no cantada) que deja huella: como cuando en «Guitarra y vos» afirmaba que «la máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella», aquí nos recuerda que «ya hacíamos música muchísimo antes de conocer la agricultura». Ese parece ser el leit motiv de todo el disco, la música (y el baile, que es la reacción física que provoca) viene de muy antiguo y constituye una de las manifestaciones esenciales del comportamiento humano, así que démosle rienda suelta.

drexler cascos

Y en ningún sitio mejor que en la sala de conciertos, en este caso un circo reconvertido en auditorio musical. Drexler ofrece a su público el cauce para que se entregue al baile con una magnífica banda, que ha participado en la grabación del disco y cuya alineación merece ser comentada. La sección de metales, con Fabrizio Scarafile (saxo tenor y flauta), Roqui Albero (trompeta) y Santiago Cañada (trombón), juega un papel imprescindible en la música de Drexler desde «Amar la trama», pues aporta ese toque «jazzy», el «groove» del soul y el funk que amplía el horizonte geográfico de sus influencias musicales hasta hacerlas panamericanas, pues se pone el foco también al norte del río Bravo y no solo en el riquísimo centro y sur del continente. Al bajo está Martín Leiton, que hizo una magnífica introducción a «La luna de Rasquí» en el primer bis de la noche. Tocando la batería de cóctel se encuentra Borja Barrueta, que junto con el percusionista (y coproductor del disco) Sebastián Merlín realiza una labor esencial e indispensable para plasmar en directo la idea que recorre el último trabajo de Drexler: música bailable y ritmos latinoamericanos. Por último, Carles «Campi» Campón, productor del disco y mano derecha de Drexler, hace de todo un poco: programaciones, percusión y graciosas coreografías con el cantante. Y Drexler, que utiliza una Telecaster para las canciones más bailables y con banda y una guitarra con caja para los momentos más delicados o el largo intermedio en el que se quedó solo en el escenario, fase que comenzó con «Amar la trama» y terminó «Todo cae» y fue uno de los momentos que más disfrutó el público y en los que más interactuó con él el artista.

Se presentaba «Bailar en la cueva» y lógicamente sonaron muchos temas de este disco. La velada comenzó con el que le da título y siguió con «Esfera», otro de los más bailables, aunque enseguida recuperó una canción de «Eco», «Transporte», a la que le dieron un aire de cha cha cha que la enriqueció. De «Eco» sonaron unas cuantas: «Don de fluir», «Guitarra y vos», «Deseo» y la inevitable «Todo se transforma», que el público se sabe al dedillo. Pero también cayeron clásicos anteriores al disco que le consagró, como «Sea», «Me haces bien», «La edad del cielo» y «Tamborero», además de algunas menos conocidas como «La luna de espejos», una de sus primeras composiciones, de hace ya más de veinte años, y «Caí, creo que caí», que compuso cuando le nombraron pregonero de los Carnavales de Cádiz. El motivo de reunión no obstante, era dar a conocer en vivo los temas de «Bailar en la cueva». Y bailar. Y Drexler consiguió su objetivo de hacer moverse a la audiencia, sobre todo en el tramo final del concierto, desde que con una interpretación de «La plegaria del paparazzo» con luces strobo aumentó la intensidad y ya no decayó hasta el final del segundo bis. Drexler consiguió además una cosa muy importante. A menudo, las grandes bandas o solistas, los músicos virtuosos, hacen en sus conciertos que sus discos se desinflen, ya que resulta difícil reproducir en estos la intensidad del directo, pero él y sus músicos lograron lo contrario: dar más entidad a un disco que, quizá por comparación con sus predecesores, no terminaba de convencer. Escuchar sus canciones en directo hace verlo a posteriori con otros ojos y valorar ante todo sus virtudes olvidando los prejuicios o las expectativas equivocadas. Pero sobre todo, como nueve años atrás, ver a Jorge Drexler en vivo es hacer inolvidable otra noche de verano más. Quizá dentro de nueve años volvamos a recordarla.

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