EL GRAN MERCADO DEL MUNDO según Xavier Albertí.

EL GRAN MERCADO DEL MUNDO según Xavier Albertí.

Por NACHO CABANA

¿Cómo llevar a escena un auto sacramental en el siglo XXI cuando lo religioso ha sido suprimido (al menos en un sentido no folclórico) de la vida pública nacional? La respuesta de Xavier Albertí a esta pregunta a la hora de montar su versión de El gran mercado del mundo en el Teatro Nacional de Catalunya es lúcida: haciendo énfasis en la dualidad que presenta el texto original; subrayando que el discurso teológico alegórico se sustenta dramáticamente en una apología capitalista profundamente contradictoria desde su planteamiento. Si el premio a la virtud se sustenta en algo tan materialista como el gasto realizado en un mercado, ¿por qué se castiga a quien compra bienes materiales en él y se premia a quien renuncia a adquirir lo que define al mundo tal y como es?. La respuesta eclesial es obvia: porque los talentos que la vida nos da tenemos que emplearlos en renunciar a los pecados capitales para consagrarlos a un hombre que vaga por la plaza pública con los ojos vendados intentando no tropezarse y caerse.

La fe, siempre ciega.

Sabedor de que solo profanando lo que en su tiempo fue a su vez una manera de los empresarios teatrales de saltarse la prohibición de abrir los teatros en semana santa se podría llevar a un escenario contemporáneo un género dramático en las antípodas de los intereses contemporáneos, Albertí inicia su El gran mercado del mundo (tras un previo con el ángel y el pianista) con todo el elenco alineado en paralelo al proscenio, recitando el planteamiento de la alegoría mientras el ruido de un ventilador dificulta la escucha del texto. Discutible pero eficaz manera de abrir las orejas de un respetable no acostumbrado a seguir obras en verso.

A chorus line

Un monólogo de La Culpa (excepcional Silvia Marsó) en el que por momentos (y solo por momentos) se despega la interpretación del significado para subrayar el tiempo transcurrido desde su escritura (se calcula que 1636-1638) da paso al mercado del título que Albertí y su escenógrafo convierten en una atracción de feria que gira lentamente lo hace el mundo y en donde las diferentes vagonetas son ocupadas por los personajes alegóricos que ofrecen sus mercancías a los dos hermanos que compiten por la virtud, es decir, la bella joven cuyo padre (¿dios?) entregará a aquel que use mejor sus talentos.

O lo que es lo mismo, al cielo de la carne por el capitalismo.

La Culpa

El espectáculo funciona en general muy bien cuando las audacias del montaje se circunscriben a la puesta en escena, flaquea ligeramente cuando se intenta distanciar al actor del texto con estrategias como que un personaje cante en registro de ópera paródica las réplicas a los diálogos que los otros actores recitan con un punto de academicismo y (con la excepción de la interpretación final de Il mondo se tambalea cuando Albertí introduce canciones de revistas de la época dorada del Paralelo barcelonés con la excusa de que “la naturaleza alegórica de los personajes del auto sacramental tanto nos remite a las crisis clásicas que encontramos en los primeros trágicos democráticos y sus reflexiones sobre las ideologías arcaicas como nos recuerda a las pícaras denuncias en las revistas musicales del Paralelo o la Gran Vía madrileña, con personalidades voluptuosamente simbólicas de la realidad política”.

El gran mercado de Il Mondo.

Una explicación esta última que no justifica los intermedios musicales que parecen obedecer antes que nada al gusto del director por el género que a otra cosa y que sacan bruscamente al personal del complejo y coherente universo creado sobre el escenario.

Ya hemos mencionado más arriba el buen hacer de Silvia Marsó como La Culpa, doblemente meritorio en tanto se trata de la alegoría menos clara; a ratos el diablo a ratos la conciencia paralizante y en todo caso siempre presente en el mercado del mundo. Muy bien los dos hermanos de la función Alejandro Bordanove en el Buen Genio y David Soto como Mal genio; algo más flojo Jorge Merino como el Mundo y el Padre de familias y divertido aunque obvio Roberto G. Alonso como Lascivia.

Excelente la escenografía de Max Glaenzel, el vestuario de Marián García Milla y la iluminación de Ignasi Camprodon.

El final del montaje, cuando comienza a sonar la citada Il Mondo y la fe ciega carga con una cruz de neón que planta en mitad de la atracción de feria mientras se recupera el ventilador inicial y caen papelitos brillantes del techo es de una belleza plástica sobrecogedora.

Autor

Nacho Cabana
Escritor y guionista profesional desde 1993. Ha trabajado en éxitos televisivos como COLEGIO MAYOR, MÉDICO DE FAMILIA, COMPAÑEROS, POLICÍAS EN EL CORAZÓN DE LA CALLE, SIMULADORES, SMS y así hasta sumar más de 300 guiones. Así mismo ha escrito los largometrajes de ficción NO DEBES ESTAR AQUÍ (2002) de Jacobo Rispa, y PROYECTO DOS (2008) de Guillermo Groizard. Ha dirigido y producido el documental TRES CAÍDAS / LOCO FIGHTERS (2006) presentado en los festivales de Sitges, DocumentaMadrid, Fantasia Montreal, Cancún y exhibido en la Casa de América de Madrid. Ganó el premio Ciudad de Irún de cuento en castellano en 1993 con LOS QUE COMEN SOPA, el mismo premio de novela en castellano en el año 2003 con MOMENTOS ROBADOS y el L´H Confidencial de novela negra en 2014 con LA CHICA QUE LLEVABA UNA PISTOLA EN EL TANGA publicada por Roca Editorial. Acaba de publicar en México su nueva novela VERANO DE KALASHNIKOVS (Harper Collins). Su nueva serie, MATADERO, este año en Antena 3 y Amazon Prime.

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