Francisco Javier Suárez Lema, habla de “Gertrude Stein no es el nombre de un piano”

Francisco Javier Suárez Lema, habla de “Gertrude Stein no es el nombre de un piano”

Francisco Javier Suárez Lema es psicólogo experto en terapias Narrativas, guionista, dramaturgo y poeta. Ha conseguido el Primer Premio Lanau de Nuevos Dramaturgos y la Mención de Honor en el Leopoldo Alas Mínguez, así como finalista del Premio Circo Price y del Foro de Creadores de Madrid. Charlamos durante las siguientes líneas con motivo de su último galardón, Gertrude Stein no es el nombre de un piano, que se alzó con el Premio Iberescena “Memorias de los caminos” a comienzos del presente año.

¿Qué supone un premio de este tipo para ti?

Es un premio muy gratificante puesto que la obra premiada lo es por sus connotaciones activistas y el premio perseguía ese fin: hacer activismo por medio del teatro para denunciar los fanatismos, la xenofobia, el odio, las desigualdades así que por ese lado un enorme placer. Al margen de su dotación económica y su repercusión internacional.

Uno de los temas en Gertrude Stein no es el nombre de un piano es la naturaleza del autor, su posición ante el mundo. ¿Está comprometido un creador fuera del papel?

Eso espero, francamente. Desde luego yo sí creo que el autor no tiene una voz independiente de la persona. O al menos debería poder proyectar coherencia en sus mensajes sea cual sea el arte que le representa. Es muy difícil para mí separar al bailarín del baile. No entiendo un compromiso sobre el papel y unos brazos cruzados, la indiferencia, la no beligerancia o la pasión cuando dejas el bolígrafo sobre la mesa o cierras la pantalla del ordenador en el que escribes.

¿Qué repercusiones te gustaría que tuviera en el lector o espectador?

Que sienta varias cosas como mínimo. Que la realidad es más construida que natural y que las verdades son siempre medias verdades. Que el poder –si nos ponemos foucaltianos- maneja los discursos de lo que debemos saber, de lo que debemos opinar y que existe una resistencia frente a eso que es sanísima. Y por otro lado, mi deseo es neutralizar el odio. Desmenuzar los fanatismos, los argumentos intolerantes y mostrarlos en canal para que el lector o espectador sienta el asco que a mí me producen tales actitudes. Igual que se puede amar sin saber por qué, también se puede odiar sin fundamento.

¿Qué cambios has podido observar en tu escritura desde Caballo negro sobre fondo negro (I Premio Lanau de Nueva Dramaturgia) o Lejos de cualquier arponero (Ediciones Invasoras)?

El principal cambio desde Lejos de cualquier arponero, por ejemplo –que fue escrita hace casi doce años- es que ha pasado el tiempo y se han acumulado experiencias y eso se traduce en aprendizaje. He leído más teatro –aunque en mi etapa universitaria leía mucho a Genet, Ionesco, Thornton Wilder, O´Neill, Strinberg, Mamet.

He conocido a autores en los últimos diez años que me han influido más en el proceso de escritura y no solo procedentes de la dramaturgia sino de la narrativa, como Don Delillo. Su estilo me apasiona, debo reconocerlo. También me he reciclado en lecturas de autores que no había leído y en los que me reconozco más en cuanto a escritura como Martin Crimp o Ravenhill. Supongo que todo eso deja un poso más o menos consciente. No obstante, las ideas siguen surgiendo porque escribir es una terapia y un divertimento en el que las horas se me pasan volando. Me he vuelto más prolífico lo cual implica que, sí, escribo mucho pero eso no siempre se traduce en obras buenas, aunque reconozco que escribo de lo que me apetece y disfruto documentándome, creando y dando voces a personajes. Igualmente creo que hay una evolución en mi escritura. Podría decir que ahora leo cosas que escribo y soportan mi propio criterio con el paso del tiempo. O sea, que pasados los meses vuelvo a leerlas y me siguen gustando. Señal positiva.

Háblanos de tus referentes.

Don Delillo es mi autor de cabecera desde hace mucho tiempo. No sé que me pasó con él pero al terminar la universidad encontré en su estilo una identificación. Sus frases, sus diálogos, sus imaginarios los sentía absolutamente cercanos. Me da mucha rabia que tenga ya ochenta años porque eso hace que como autor haya alcanzado su zénit. Siento una absoluta identificación con su estilo y, claro, en mis textos hay mucho de imitativo o de simbólico tomado de sus lecturas. Luego reconozco que me apasiona el análisis filosófico y, sobre todo, de una nueva hornada de filósofos que desde Foucault han sido capaces de hacer una disección más reflexiva y comprensible del mundo tecnológico, devastador y pesimista o bello en el que vivimos con una lucidez envidiable tipo Byung Chul-Han, Bauman, Zizek, Onfray. Hay luego en mi una suerte de complejo de Diógenes intelectualizador que me lleva a acaparar textos y fragmentos de todo tipo. Recortes de entrevistas, poesía, ensayo, teatro, biografías, música, etc y de ahí surgen cosas maravillosas. De un largo trabajo de patchwork de autores y autoras se nutre mi autoría.

¿Cómo ha sido el proceso de creación?

Ha sido muy agradable. En realidad se me hace muy divertido pues aprendo siempre y es enriquecedor. Todo comenzó con una conversación en un coche con un amigo que  había trabajado de jefe de biblioteca para casa árabe. Él me comentó algo sobre el Ramadán y recuerdo que mencionó algo que en momentos de Ramadán había más violencia, actos disruptivos, crímenes y agresividad. Recuerdo cómo, esa noche, cuando llegué a casa eso me sirvió de detonante para comenzar a escribir un texto. Luego se produce esa serendipia maravillosa de encontrar una trama, un esqueleto, un final y una historia donde tenían cabida Gertrude Stein, el Ramadán, Mahoma, la xenofobia o el propio proceso de escritura y la literatura. Todo bastante esotérico en el sentido  enigmático de la palabra.

¿Qué papel desempeñan tus estudios de Psicología en tus textos?

A nivel consciente considero que poco. Siempre digo que mi trabajo es solo trabajo y funciono con un chip diferente al del asombro que me provoca la localización de ideas, tramas, historias. Eso ocurre fuera del trabajo. Creo que a las historias que veo en mi profesión les falta algo más simbólico o metafórico que me pueda servir de acicate. Sí es cierto que hay una exploración psicológica de los personajes y que recurro mucho a la simbología o metáforas para crear las obras. Digamos que la parte teórica de la psicología me aporta mucho más que la parte práctica de mi trabajo en el día a día con personas. Puede ser también que reconozco que mi forma de hacer terapia se aparta del psicoanálisis y es absolutamente pragmática y eso, con seguridad, contribuye mucho a que el poso sea muy distinto. En mi escritura hay siempre algo de pálpito pero mucho más de generación deliberada de hallazgos. Aquello del azar objetivo o la sincronicidad.

En Gertrude Stein no es el nombre de un piano se trata abundantemente el tema de los fundamentalismos religiosos. ¿Hacia dónde caminamos?

Siempre me ha parecido fascinante y al mismo tiempo me ha producido vergüenza como especie el ver cómo el ser humano es capaz de suspender el juicio, -no por un momento sino una vida entera- toda vez que abraza una causa. Los fundamentalismos religiosos son solo uno de los extremos. Hay tantos que apabullan. El triunfo reciente de Trump y el auge de la ultraderecha es un espanto sin paliativos. No tengo ni idea hacia donde caminamos como sociedades pero me horroriza esa idea de “masa” de la que hablaba Elías Canetti: una suerte de falta de autocrítica; todos moviéndonos a menudo como las espigas de un campo de trigo. En ese punto me he vuelto bastante misántropo y nihilista aunque la urgencia de la beligerancia sigue latiendo por dentro.  Supongo que se trata de un malestar que solo puedo sublimar escribiendo, lo cual no es poco. Convivimos con lo bello y lo grotesco. Esta inquietud es un germen de obras; un sustrato perfecto para elaborar antihéroes enfrentados a un sistema en precario equilibrio. Mi pronóstico es cínico y nada alentador sobre el futuro. Soy más de engendrar una distopía que una utopía si me paro  a reflexionar sobre el futuro.

Trabajas un tipo de teatro complejo, con un gran valor por la palabra. ¿El teatro puede ser hecho para ser leído o necesita de un componente espectacular?

Creo que las obras más bellas son las más simples. Las que han vaciado el lenguaje y han dejado al descubierto una idea sencilla que te produce asombro. Quieres imitar a esas personas que son capaces de lograrlo. Quieres imitar a Crimp en Un campo o a Koltés o a  Fosse, pero es muy jodido hacerlo. El teatro debe ser leído. Como en todo se trata de educar a los sentidos. No creo que alguien que lea teatro se aleje de alguien que lea novela. Es una cuestión de desaprender. La gente tiene aprendizajes que son como nudos muy bien apretados. La estructura de una obra de teatro es más sencilla que la de la mayor parte de las novelas. Pero la gente ha sido educada para leer “libros” sensu stricto. Y tenemos incluso el esquema mental de lo que es un libro. Entonces, cuando uno se acerca a una obra de teatro su cerebro debe acostumbrarse solamente a otro modo de contar una historia. Por desgracia, hace falta picar mucha piedra todavía. El componente espectacular no creo que sea necesario dentro de una historia para que alguien se enganche a ella. Creo que lo único espectacular es la energía que debemos seguir poniendo aún en explicarle a la gente que leer teatro no es de perros verdes.

¿Qué tienes en mente en estos momentos? Háblanos de tus proyectos.

He terminado recientemente dos obras: una de ellas -partiendo de la escultura Balloon dog de Jeff Koons-, es una crítica al mundo mercantilizado del arte contemporáneo y a las sociedades capitalistas que promueven la austeridad como eje socioeconómico para garantizarnos el bienestar.

La otra, cobijándose en el mito de Edipo, cuenta la historia de una mujer que da a su hijo en adopción tras una violación y al que –pasados veinte años- conoce por un chat de intercambios sexuales.

Ahora estoy con la escritura de una obra en la que abordo el suicidio asistido de un filósofo que decide morir libremente sin tener enfermedad alguna lo que me permite dialogar sobre la muerte y lo reaccionaria que nos sigue pareciendo.

La idea es seguir enviando mis criaturas a concurso y esperar, dado que la producción de un montaje teatral y el soporte desde lo público y lo privado parece quedar siempre en manos de los mismos autores. Siendo sincero me temo que existe muy poco estímulo para la creación. Faltan laboratorios y figuras que hagan las veces de mecenas en esto. Hoy solo hay padrinos, contactos, amiguismos. Mala pinta. ¿Dónde están las fundaciones, el mecenazgo, más premios públicos de dramaturgia y, claro, productoras capaces de arriesgar y apostar por nuevas voces, nuevas propuestas? La respuesta “is blowing in the wind”.

Foto recortada

Gertrude Stein no es el nombre de un piano, obra ganadora del Premio de Dramaturgia “Memorias de los Caminos” IBERESCENA e IBER-RUTAS

Autor

Néstor Villazón
Néstor Villazón (Gijón, 1982) es poeta y dramaturgo. Ha resultado ganador del Premio Internacional de Textos Teatrales “Lázaro Carreter” (Democracia, Asociación de Directores de Escena, 2009) y finalista del IV Certamen de Teatro “La jarra azul” (Your dementia, ediciones Dédalo, 2013), del I Certamen LVR de Poesía (Melville en la aduana, LVR ediciones, 2011) y el Certamen Internacional de Poesía Jovellanos (“Lo terrible”, Ediciones Nobel, 2014). También ha publicado Algunas consideraciones previas para colocarse un sombrero mientras se observa la mayor obra de arte de todos los tiempos (Incluida en la antología Núa de teatro contemporáneo español Dramaturgias desde la frontera, 2013) y el poemario Otra maldita tarde de domingo (Vitrubio ediciones, 2012). Es incluido entre los jóvenes dramaturgos más influyentes del siglo XXI en los artículos de Eduardo Pérez- Rasilla, Jerónimo López Mozo, Diana I. Luque y Rubén Chimeno Fernández sobre nueva dramaturgia, y sus textos pueden verse en diversas antologías y revistas. Colabora con distintos medios con reseñas y crítica teatral y poética.

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