Emma Cohen: la clocharda de la calle Luna

Emma Cohen: la clocharda de la calle Luna

¿Sabes, hermana? Puedo decir, como Cecilia Roth en Todo sobre mi madre –cuando se refería a Un tranvía llamado deseo–, que El extraño viaje ha marcado mi vida. Al  emprender la investigación sobre la película de Fernán Gómez, busqué tu número de teléfono en la guía y te llamé por si en el archivo del genial pelirrojo se conservaba algún material sobre la película que dirigió en 1964. No hay nada, me respondiste, pero al instante te ofreciste a facilitarme cuantos contactos fueran necesarios para rastrear los testimonios e informaciones que podían resultarme útiles. Así, mientras avanzaba en mi itinerario extraño y apasionado, fui desvelándote vía email todos los avances. Y de la película pasamos a hablar de otros temas: de la lluvia, de tu huerto, de tus libros, de los míos, hasta llegar a la vida, y hacernos hermanos. Como no había parentesco, buscamos al padre, tema por antonomasia, y hallamos a nuestro Pedro Páramo. Decidimos que fuera Leonardo Da Vinci, por inventivo, por libre, por creativo, porque sí. Hermanos en Da Vinci.

Creo que me enamoré de ti. No lo creo, lo afirmo. Me enamoré de ti desde el primer encuentro. Un amor gigante y particular. Mi hermana mayor, mi amiga, mi cómplice, no te ahorraste los desacuerdos, las verdades a bocajarro, las opiniones directas, siempre que te las pedí. Me enamoré de tu ser libre, ingenioso, auténtico, vital, soñador, anárquico y generoso, tremendamente generoso. Un verano, cuando no sabía hacia dónde conducir mis pies, pues me sentía perdido, como el pájaro herido de la canción, sin rumbo, me tomaste de los hombros, abriste la puerta de la calle de la Luna y me diste cobijo de hermana. La vida será lo que tú quieras, me dijiste. Y hasta la falta de abrigo en los albores de agosto, tan cerca de la sierra madrileña, lo cubriste con un chaquetón del pelirrojo que me diste para que saliera a correr, pero nunca a huir. Esa fue la primera lección de tu vuelo: no huyas. Corre, crece, evoluciona, pero no huyas.

Cuando entré en el dormitorio que me habías dispuesto, encontré sobre uno de los muebles a un pequeño muñequito de plástico, se trataba del ratón protagonista de la película Los rescatadores. Una película de Disney que había devorado mil veces en la infancia. Y ahí estaba aquel ratón, también dispuesto a rescatarme. Te lo comenté: qué curioso que ese personaje estuviera ahí. Al llegar a Tenerife, deshice la maleta y encontré en el fondo de la ropa un pequeño paquetito de regalo, que habías introducido en algún instante sigiloso. Lo desenvolví y era el ratón, el rescatador. Y yo, rescatado, había recuperado mi presente.

Podría enumerar muchísimas anécdotas, motivos de risa y de silencio, trabajos comunes –dos libros, un corto, tu prólogo en mi novela El hombre que ama a Gene Tierney, entrevistas públicas, presentaciones de libros– y nada resultaría tan fascinante como el hecho de que estés en mi vida. Me diste tanta energía para continuar, que tengo fuerzas hasta para echarte de menos. Pero duele la ausencia. Tú lo sabías. Sabías que duelen las ausencias, que los adioses son odiosos, que nos han educado muy mal. Los velatorios fuera de las novelas son innecesarios, crueles, absurdos. Marcharse es un modo de quedarse, de permanecer en las personas que quieres. Entre tus grandezas e ingenios estará siempre la de haberte ido a tu estilo. He tardado unos días, en los que te he llorado inútilmente, en darme cuenta de lo que nos has regalado. Gracias a tu discreción no existe el último día. Una despedida es un momento concreto, una fecha a partir de la cual alguien se ha ido. Pero sin despedida, aunque haya ausencia, no hay adiós.

Tenías dos calificativos para referirte a algo que te produjera admiración. Decías, esto es “acojonante” o esto es “macanudo”. En mi memoria, siempre avizora, han saltado las alarmas de lo vivido, y en estas primeras semanas ha llegado todo de golpe: una visita al Prado solo para ver El jardín de las delicias, la obra de Peter Brook que nos dejó un tanto indiferentes, las veces que nos fuimos a terrazas del centro a tomar algo, las compras en el mercadillo, cuando aquella señora se te quedó mirando, con una mezcla de desprecio y herejía, y tú, quitándote las gafas de sol a lo Lennon, le increpaste: Sí, señora, soy la gallina Caponata. Sobre todo, los momentos en Luna. El huerto, siempre presente, las largas sobremesas, las películas de directores outsiders, tus favoritos, que veíamos una tras otra, las migas, los pantumaca, los boquerones. Todo lo que tiene sentido solo para los dos. Pero también los encuentros con Isaac y con Katy, que tanto te quieren.

Tú no lo sabes, pero para nosotros la luna tiene la forma de tu casa, y en tu jardín Katy barajó una posibilidad de futuro, que hoy es su presente, e Isaac se armó de porvenir para dejar la isla e instalarse en Madrid. Los tres, el día de la noticia infeliz, cada uno en un punto del planeta, invocamos tu vuelo como una oración, siempre anarcosolidaria. Insisto en tu vuelo porque la primera vez que nos vimos entraste volando al Café Gijón. No pisabas el suelo, brincabas levemente, y al cruzar Recoletos, confirmaste para mis ojos tu andar etéreo. Te vi danzar por el aire, ataviada de naranja y negro, como una golondrina que llevara en el pico poemas de Artaud. Por ejemplo, ese que dice “yo solo pretendo mostrar mi espíritu”.

Las dos grandes entrevistas, que duraron días en ambos casos, en las que tatué un cuaderno con tus recuerdos y trabajos, forman parte de mi propia memoria. Segmentos de ese material me sirvieron para escribir el artículo sobre tu literatura, que me consuela que leyeras pocos meses atrás. Me consuela porque eres una escritora “acojonante”, como tú misma dirías. Una novelista inteligente y profunda, a quien poco han leído tanto los que leen como los que escriben. Me decías que el prejuicio era enorme ante tu escritura. Un mito erótico no escribe literatura, me soltaste afiladísimamente, cuando reflexionabas las causas de ese inexplicable abandono. Pero esto no te pesó jamás para seguir creando. Eres artista, creas porque es tu vocación, lo demás viene, o no llega, pero no es determinante, no es necesario para alimentar el acto mismo de la creación. Por eso interpretas, diriges, escribes, dibujas, traduces, todo por vocación, porque la vida es la oportunidad que tienes para buscar y descubrir.

Adorabas a los vagabundos, a los clochards, como te gustaba decir con tu talento francófilo. Tú eres la clocharda de la calle Luna. Vivir y dejar vivir. Techo, cama y libros, eso es lo único necesario para habitar este mundo. Como ya  dije, te conocí cuando el genio pelirrojo se había marchado. Y al leer tantas imprecisiones sobre tu vida y tus decisiones, me ha invadido una rabia colérica, que hubiera repartido estopa ante artículos demenciales y comentarios estúpidos que solo demuestran que poco o nada sabían de ti, pero sé que no vale la pena.

Ser libre, amar a alguien, amarlo con entrega, vivir solitariamente, aunque jamás desinformada –pues nunca conocí a nadie tan enterado del mundo como tú–, es imposible de asumir cuando se vive siguiendo a rajatabla el cobarde dictado de una moral represora.

No cabías en ningún corsé, ni siquiera en tu condición humana. Porque tan mágica y soñante, ni el cuerpo te bastó para alcanzar horizontes infinitos. Ahora, fuera de él, sobrevuelas el mundo, los límites conocidos, y sigues descubriendo, al otro lado de todo, cuanto acontece y es imaginado. Estaré triste; pero no te preocupes, hermana. La vida es tan auténtica, tan macanuda, que es amor todo el aire, ahora que vuelas alto.

Emma Cohen: la clocharda de la calle Luna Retrato de Emma Cohen

Emma Cohen: la clocharda de la calle Luna Retrato de Emma Cohen

Autor

Daniel María
Daniel María (Agulo, La Gomera, 1985) es actor, escritor y guionista. Colabora en Tarántula, Fogal, Revista de la Academia Canaria de la Lengua, Qué Leer y El Perseguidor, entre otros medios. En 2013 obtuvo el Premio Paco Rabal de Periodismo Cultural Joven Promesa y el Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Autor de los poemarios Hilo de cometa (2009) y flor que nace en los raíles (2015), el libro de cuentos (De)función cómica (2009), el estudio El caso de la película imposible: El extraño viaje (2011) y las novelas El hombre que ama a Gene Tierney (2013), Premio de Edición Benito Pérez Armas, y Un crimen lejos de París (2014). Posee, entre otros, el Premio Internacional Jóvenes de la Macaronesia de Poesía (2005) y el Premio Félix Francisco Casanova de Poesía (2007).

One comment

  • Yo tambien, irremediablemente, me enamore de ella, de su mirada, de como sentia la vida, de como sentia las cosas….Yo tambien me enamore de ella, en los tiempos de asambleas de aquel sindicato de espectaculos con el que yo simpatice siendo joven y en el que ella Militaba…
    Si, yo tambien veia la “gallina Caponata” y dia a dia, sabia de la grandeza de Alma que tenia quien sabia estar en un gran escenario, sabia ser protagonista de un film y sabia tener a todos los pequeñines de una nacion pegados al televisor, tan solo por ver a un ave tan parlanchina y ocurrente…….
    Si,Emma, yo tambien te ame…aunque tu jamas supieses cual era mi nombre

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