El sobre

El sobre

Abrió los ojos y fue a buscar su abrazo, pero tal y como él le había dicho antes de que se durmieran, saldría pronto a trabajar. Gloria inhaló el perfume que había dejado Javier en la almohada y se desperezó sonriendo al recordar la noche.

¿Quién se lo iba a decir a ella? Una jovencita de apenas 25 años con un alto ejecutivo cuarentón. Y guapísimo. No atractivo, no (que es lo que se suele decir de este tipo de caballeros que ya dejan asomar alguna que otra cana), guapo. Muy guapo.

La luz que entraba por la ventana permitía a Gloria fijarse en detalles del dormitorio de Javier que, ante la pasión del momento y la oscuridad que lo acompañaba, no había podido percatarse. Sabanas rojas y brillantes, seguramente de raso. Sobre el cabecero un inmenso cuadro en el que solo se adivinaban trazos y colores sin orden ni concierto. Una fotografía en blanco y negro de Javier con unos años menos…

– Ahora mi Javier es más guapo.

Se levantó de la cama y se vistió con la misma ropa con la que había salido la noche anterior. Echó profundamente de menos tener un camisón o una bata a mano. Entró en el baño del dormitorio y se lavó la cara tratando inútilmente de hacer desaparecer las ojeras. Aunque éstas no le importaban. La sonrisa de su cara quitaban protagonismo a cualquier otro desperfecto.

Salió del dormitorio y fue al salón donde aún se encontraban las dos copas de whisky que no habían podido acabarse. Una de las paredes la conformaba una enorme biblioteca. Cogió un libro al azar: “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca. Leyó en voz alta unos versos incomprensibles para ella.

– Bien mi suerte lo dice

Más, ¿Dónde halló piedad un infelice?

Devolvió el libro a la estantería y observó minuciosamente el resto del salón. Más cuadros extraños, un inmenso televisor, una considerable colección de películas entre las que no estaban “Pretty Woman” o “Titanic”. Realmente Javier tenía clase, mucha clase.

Recogió los vasos.

– ¿Dónde estará la cocina?

No fue difícil encontrarla. Una estancia enorme con una isla en el centro. Todo de color rojo. ¿Cocinaría Javier? Le divertía imaginárselo haciendo paella los domingos o una ensalada para la cena.

En placa de la cocina había una cafetera aún caliente. En la mesa Javier había dejado una taza, un azucarero, una jarrita con leche, un surtido de bollería… y el sobre.

– ¡Mierda! ¡El sobre!

Gloria comenzó a llorar mientras se servía un café. Se sentó en la mesa y echó un chorro de leche y una cucharada de azúcar. No podía dejar de mirar el sobre.

– ¿Y si es una nota que diga “Buenos días princesa”? – retomó la calma – Si, eso tiene que ser. Mi Javier no es como todos.

Tomó el café de un trago y se armó de valor. Cogió el sobre, lo abrió y se encontró lo que temía: trescientos euros en billetes de cincuenta.

– A ver si aprendo a dejar de mezclar el amor con los negocios.

Autor

Roberto García Encinas
Soy dramaturgo, director de escena y actor. Dirijo la compañía Salmantina Intrussión Teatro desde hace casi 10 años gracias a la cual he tenido la suerte de experimentar el maravilloso placer de la escritura teatral. Empecé a escribir por casualidad: había un local, una fecha de estreno y dos actores, pero faltaba un espectáculo. A partir de ese día no he parado de crear historias para la escena y, de vez en cuando, por el puro placer. ¡Benditas casualidades!

One comment

  • Demoledor. Uno, entrenado a la brevedad ya espera que algo se va a torcer, pero esta manera de hacerlo, bajando a uno la guardia para luego salir por lo más inesperado, es genial. Yo esperaba que estuviera casado o algo así.

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