El sistema simbólico

El sistema simbólico

 

El erial se aproximaba a su punto de colapso. Quiero decir que la basura acumulada estaba a punto de hundirse bajo su propio peso. Recordemos que sin basura que los rodee no hay objetos de valor simbólico.

Pero el erial no acaba de colapsar nunca, esa es su virtud y su tragedia, nuestra tragedia. Porque estamos condenados a convivir con un basural enorme a nuestras espaldas y que nos corta la mirada a la altura de la visión.

Ese es nuestro mal y al tiempo nuestra mejor protección contra las amenazas del mundo. Lo que vamos desenterrando de la basura, los objetos con valor simbólico, como la palabra, el cuchillo y la paz, están protegidos por ella.

Así, la basura cierra y no cierra simultáneamente, los caminos del conocimiento y el saber. Es nuestro límite, el marco para la convivencia que tenemos que establecer con lo simbólico.

Los objetos simbólicos son los que nos permiten orientarnos, caminar y propulsar hacia adelante nuestra marcha en este mundo. Somos animales simbólicos como dijo Cassirer, y por ello, nos alimentamos de símbolos, y también los excretamos.

En un proceso continuo, de circuito cerrado, los símbolos se crean, se utilizan y acaban por ser destruidos individualmente, y también, en un proceso bastante más largo, colectivamente.

Es ese proceso circular el que permite dar aire a los símbolos, que nos constituyen y nos impelen y transforman. El símbolo es la marca y el marchamo de la vida humana considerada como tal.

En efecto, nos diferenciamos, grandemente, de los demás animales, en la capacidad y amplitud de nuestro proceso simbólico, que nos permite, por ejemplo, a través de la escritura, contener al Universo en un objeto, simbólico, nuestro.

El mundo universal está contenido, de algún modo en la palabra y frase que acabo de escribir, compilándose así un sistema jerárquico de subsunciones que puede llegar ad infinitum.

De este modo el Universo puede entrar en el circuito cerrado creado por el ser humano. Naturalmente siempre con el límite del basural, que nos impide ver más allá, más allá de nuestros detritus.

Los símbolos son el alfa y el omega de nuestra vida en este bajo mundo. Entramos en él al amparo de ciertos símbolos y salimos expelidos bajo otros símbolos. Es parte de la rueda, del circuito cerrado del que hablaba antes.

Los recuerdos y la vida mental toda del ser humano no se entienden sin la intermediación del lenguaje, objeto simbólico, que provee del entorno y marco adecuados para la comprensión, fagocitación y reelaboración, simbólica, del mundo.

No sabemos vivir sin símbolos, pero los símbolos no nos poseen sino que establecemos una relación simbiótica con ellos. Nos sirven y les servimos para seguir reproduciéndose. Nos viven y les vivimos.

Simbolizar es una tarea aprendida e innata ciertamente, nacemos con una gran capacidad simbólica, pero sin interiorizar mediante el aprendizaje los objetos y sistemas simbólicos que constituyen la historia de la humanidad, no podríamos formar parte de la cadena simbólica que eslabona a los seres humanos.

Somos animales encadenados, a ideas y símbolos, pero no por ello menos constreñidos y prisioneros. A cambio recibimos el regalo de la Historia, en la que se contiene lo aprendido por todos nuestros ancestros y a la que podemos aportar a su vez.

La Historia es el compendio de la gran creación humana, reservorio de la esencia de la humanidad y fermento feraz para su impulso hacia adelante en nuevas creaciones y recreaciones que constantemente se suceden.

Hay una ecología simbólica, en la que algunos elementos mueren para que otros puedan perdurar, los menos, los más selectos, la pura esencia del aroma de la humanidad viva. De cada generación, generalmente, algo pervive en el acervo común.

Volviendo al lenguaje, es uno de los sistemas simbólicos más antiguos, constituido en los albores de la vida puramente humana y trasunto de tantos y tantos otros sistemas posteriores.

El lenguaje es la plena sistematización y mapeado simbólico del mundo, completa y absolutamente lograda. A través del lenguaje denominamos a los objetos, hechos y relaciones del mundo y les damos forma, forma simbólica.

Es gracias al lenguaje que después de él pueden crearse todas las instituciones y simbolizaciones que darán lugar a la Historia común. Pues el lenguaje define un campo semántico y simbólico en el que estamos encerrados y en el que encerramos al tiempo al mundo completamente.

El mundo no puede ser, para nosotros humanos, más que simbólico. Y es gracias a esa visión que al fin conseguimos extraer del basural que nos constituye los preciadísimos objetos simbólicos.

La tendencia a simbolizar está clara, la vida sería otra cosa sin ella, pero ¿habremos perdido algo con ello? ¿No habremos lanzado al niño con el agua de la bañera?

No somos animales al uso, eso es patente. Hemos perdido la contención propia de todos los sistemas ecológicos del mundo menos el humano. En efecto, todos los demás animales se encuentran contenidos en su propio sistema.

Pero hemos visto que la característica principal del sistema humano es su constante avanzar y ampliación de su radio de acción. No sólo eso sino que hemos invadido todos los otros sistemas ecológicos, convirtiéndolos en parcelas simbólicas del nuestro.

La función simbólica se autoreproduce constantemente, para dar lugar al mantenimiento del sistema, pues no puede dejar de girar, si lo hiciera, colapsaría. La rueda simbólica está hecha para girar.

Y a cada nueva vuelta de la rueda, a cada giro, se reconstruye el sistema simbólico internamente, se modifica parcialmente, se roturan algunas nuevas parcelas y se desechan algunos símbolos.

Yo creo que un problema importante de nuestro actual sistema simbólico es la velocidad de giro de la rueda. Creo que está empezando a girar demasiado aceleradamente y que puede quizá empezar a desgajarse de su eje de rotación.

La aceleración de la vida es la constante de los últimos doscientos años de vida simbólica humana. Hemos acelerado tanto que hemos perdido el futuro. Sí, ahora mismo estamos huérfanos de futuro, fagocitado por el girar de la rueda.

No sólo somos incapaces de proyectarnos hacia el futuro, sino que el sistema, aparentemente, se está encapsulando, encerrándose en sí mismo, temporalmente hablando. Y ya sólo parece constar de pasado y de presente en constante retroalimentación.

Este hecho viene propiciado en parte por el incremento constante en la velocidad de giro que hace que se confundan presente y futuro y se fusionen realidad y expectativas. Pero es el sistema todo el que queda en entredicho de esta forma.

Pues si el sistema realmente se encapsulara, el basural ocuparía todo nuestro espacio vital y no tendríamos lugar en el que poder filtrar la basura para desenterrar nuevos objetos simbólicos.

El sistema colapsaría de algún modo y nos encontraríamos atrapados con lo que ya no serían sino juguetes de una nueva infancia de la humanidad. Infancia a edad tardía, y por tanto poco fructífera.

¿Qué nos deparará el futuro? Por definición somos incapaces de responder a semejante pregunta pero no está mal que de cuando en cuando hagamos un alto y nos la planteemos.

La vida humana es y será simbólica o no será. Eso es de una evidencia palmaria. Ahora bien, ¿cómo llevar adelante en nuestro tiempo el programa simbólico?

He ahí la cuestión, acuciante cuestión que dejo planteada al albur de la situación real en que nos encontramos y que es de algún modo, de pérdida simbólica. Algo así como si hubiera una fuga en el circuito y fuéramos perdiendo fuerza y energía.

No sabemos y esa es una de nuestras mayores virtudes, la ignorancia, que nos permite seguir aspirando a saber, a acumular mayor conocimiento.

¿Será esa nuestra tabla de salvación?

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

4 comments

  • La textualidad manifiesta como una literatura sensorial y plástica, sublimada e idealizada en forma de imágenes, símbolos y metáforas. El mundo de símbolos e imágenes, puras metáforas estilísticamente hablando, a menudo es mezcla de la realidad y la ficción, lo divino y lo humano, el cuerpo y el alma; el mito se convierte en símbolo, el símbolo en metáfora y la metáfora en imagen. Es la posmodernidad en la que vivimos. Reaparece el tiempo y el espacio…

    Vivimos en el mundo de lo simbólico, la representación de una idea socialmente aceptado; para comprender el mito es necesario remontarse al conocimiento y buena parte de éste es simbólico representando así por medio del lenguaje, la idea de lo representado. Se unen pensamiento y lenguaje para dar como resultado el signo, la imagen y el símbolo en nuestra sociedad donde destellean las comunicaciones, el progreso, el hipertexto, las redes sociales, el consumismo y los avances tecnológicos. Una era nueva de comunicación inmediata y fugaz, donde el signo se identifica con lo convencional regulado y aceptado por la sociedad tecnológica y de mercado; el símbolo es pura obligación en el mundo de la publicidad y la moda, en la familia y en los amigos que crean un submundo y pertenecen a un grupo. Impera y obliga a la sociedad inquietante del XXI a ser simbólica como lo es el aprendizaje y el desarrollo económico y social.

    Estupendo artículo de José Zurriaga arraigado en su concepción psicológica y filosófica del este siglo, un puntal sin duda en el pensamiento del momento. un abrazo amigo mío.

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    • Muchas gracias a la escritora y ensayista Almudena Mestre, por su rotundo y claro comentario a mi artículo. Me quedo con la concepción del tiempo, la inmediatez, lo fugaz…que resultan de la aceleración histórica del sistema simbólico en nuestros siglos. Agradecer de nuevo tan sugerente interpretación por parte de la comentarista. Un abrazo, Almudena.

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  • pues sabiendo que no sé, casi que, genéticamente o de nacimiento,
    en cambio, si sé que el lodazal o basural se desborda hace tiempo
    sobre todo, desde que a las estafas las llaman “crisis” y desde que
    no ha diálogos ni acuerdos en las cuestiones más básicas para toda
    convivencia posible; pero, no quiero seguir por aquí, pues no es la
    idea que ronda mi cabeza en este momento…

    a ver, me interesan mucho más las perspectivas o el futuro de la/mi
    comunidad, de la mayoría de los “ciudadanos” del país; pues, tras el
    reciente “exilio” económico de la juventud más valiente y preparada
    la cosa se complica, como si de otra vuelta de tuerca se tratara, no???

    entonces, hablando de futuro, los valores o el simbolismo colectivo
    obviamente es el eje sobre el que la rueda debería de girar, en cambio
    aquí sí estamos demasiado tiempo en “crisis”, pero también es una cosa
    muy rara; por un lado, la involución de los jóvenes hacia conductas que
    ya deberían de estar trasnochadas (machismo, narcisismo, etc.), pone
    sobre la mesa el debate de mayor urgencia social, cuya solución sólo
    pasa, obviamente, por la educación; pero ello, oculta otra involución
    más grave, la del sistema de partidos que actúan al respecto, como si
    se hubieran anclado a finales del siglo XIX, que vienen unos, su ley
    educativa, que vienen otros, la suya… lo que nos llevó al gran callejón
    de un presente sin futuro ni salida

    por otro lado, las palabras (sin perder de vista su hechizo) pueden ayudar
    como siempre hicieron; pues tenemos un Lenguaje muy rico y bello; así,
    quién no cree en la palabra Amor, sólo quienes se resisten a él, además,
    están o disponemos también de todas sus variantes, entre las cuales
    destacan la Amistad o el Amor al prójimo o la Solidaridad y por qué no???
    palabras que emergen por sí mismas y se colocan en el centro del tablero
    o en el eje de la rueda sistémica, como la palabra Conciencia que de
    inmediato surge sobre la mesa/tablero/rueda, pues sin ella puede que
    no pudiéramos hablar de ni Amor, no???

    palabras que nos llevan a distinguir, así debería de ser hoy día, la Ética
    pública (moderna o política) de la Moral privada (antigua o religiosa),
    último tema fundamental, para dejar de marear la perdiz y respetar al
    conjunto de los “ciudadanos”, no confundiendo los ámbitos públicos
    con los privados, ni tampoco a los intereses subsiguientes y respectivos

    salgamos de una vez del “medievo”, por favor!!! sólo así se abrirán
    las puertas y las ventanas hacia las artes del respirar, convivir, dialogar,
    callar, escuchar, amar y respetar, entre otras, no???

    Roranna-150816-23h.

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    • Muchas gracias, Roranna por tu estupendo discurso-comentario!

      Sólo me queda detenerme a leerte y releerte. Sí, creo que tienes razón, la palabra es la fuente de vida que nos orienta y anima en nuestros anhelos de trascender el basural que nos acoge.

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