El silencio

El silencio

En una de nuestras últimas reuniones, la escritora y tertuliana Elena Belmonte nos habló del silencio en la literatura.
A continuación ha resumido algunas de las ideas esenciales de su charla.

El silencio
Por Elena Belmonte

La historia de la Literatura se nutre tanto de palabras como de no-palabras. Es más, en ocasiones, las palabras, con su ruido, lo que están haciendo es ocultarse y callar. ¿Qué está tapando con su verborrea absurda este personaje en la obra de Eugene Ionesco?

EL BOMBERO: […] Mi cuñado tenía, por el lado paterno, un primo carnal uno de cuyos tíos maternos tenía un suegro cuyo abuelo paterno se había casado en segundas nupcias con un joven indígena cuyo hermano había conocido, en uno de sus viajes, a una muchacha de la que se enamoró y con la cual tuvo un hijo que se casó con una farmacéutica intrépida que no era otra, que la sobrina de un contramaestre desconocido de la marina británica y cuyo padre adoptivo tenía una tía que hablaba de corrido el español y que era, quizás, una de las nietas de un ingeniero, muerto joven, nieto a su vez de un propietario de viñedos de los que obtenían un vino mediocreo, pero que tenía un primo segundo se había casado con una joven muy guapa, divorciada, cuyo primer marido era hijo de un patriota sincero […], cuñado de un portugués, hijo natural de un molinero, no demasiado pobre, cuyo hermano de leche tomó por esposa a la hija de un médico rural, hermano de leche del hijo de un lechero, hijo natural a su vez de otro médico rural casado tres veces seguidas, cuya tercera mujer …
SR. MARTIN: Conocí a esa tercera mujer, si no me engaño. […] EL BOMBERO: No era la misma.
(La cantante calva) Ionesco, Eugene.

Sería casi inconcebible la Literatura sin esas ausencias que constituyen todo lo que no está en el texto. Y es que quizá la mejor forma de nombrar lo indecible es aludirlo implícitamente.

Los silencios conforman una dimensión que incluso a veces puede escapar al control del propio autor; desbocarse e inundar el texto en cuanto él termine de construirlo con sus elementos verbales. Una dimensión de distintas proporciones para cada lector y tan inherente a lo escrito como la trama o los propios personajes.

Nos estaríamos perdiendo una parte muy importante si nos limitáramos a recrear sólo lo dicho.

Pero ¿cómo lograr que la comunicación con el lector no se interrumpa a pesar de los vacíos que provoca el silencio? Antón Chéjov tuvo una buena respuesta para esto: “cuando escribo confío plenamente en que el lector añadirá los elementos subjetivos que le faltan al texto”. Y es que el reverso de toda mirada consiste en el carácter activo que el autor le confiere al lector.

Las funciones del silencio son tantas como significados puede tener. El silencio es polisémico, igual que la poesía. Está ahí para aludir a hechos imposibles de expresar con palabras, pensamientos intraducibles o sentimientos difícilmente explicables. Abre, de un modo indirecto y sutil, a otras realidades, multiplica los significados y completa perspectivas incompletas. A veces lanza una pregunta que es la misma que el autor o sus personajes se plantean.

Hay cosas que no se pueden o no se quieren nombrar; de modo que simplemente se sugieren para que el lector las construya a partir de su propia imaginación o intuición. En general, supone una manera muy particular de hacer uso del lenguaje. Porque es innegable que el silencio es otra forma de lenguaje, pero lenguaje, al fin y al cabo.

Nace con una intención psicológica y requiere una respuesta emocional. El sentimiento que nos queda al final de este relato de Gonzalo Calcedo es el de soledad; la soledad de Vera, su protagonista, que no consigue entablar una auténtica conversación con el hombre que está pintando la fachada de su casa:

– ¿Conoce las islas Ifghin? Allí la gente va desnuda por la calle. Bueno, en realidad no hay calles. No se vive como aquí.
– No conozco ese lugar.
– Si tiene tiempo, otro día le enseñaré unas fotografías.
– Primero tengo que pintar su casa.
[…] – Me estoy ahogando. […] Y sabe una cosa, odio esta casa. La odio con todas mis fuerzas. Si tuviese valor haría que ardiese. La quemaría. ¿Lo entiende? La quemaría de arriba abajo y me sentiría feliz.
– No es asunto mío, señora.
(La república de las Islas Ifghin) Calcedo, Gonzalo.

Resumiendo. No sólo es que en ocasiones las palabras resulten burdas o demasiado ajetreadas, es que en el silencio, de algún modo, empieza la filosofía.

Autor

Justo Sotelo
Novelista y catedrático de Política Económica, es profesor en los prestigiosos ICADE (Universidad Pontificia de Comillas) y CUNEF (Universidad Complutense de Madrid). Licenciado y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y máster en Estudios Literarios y en Literatura Española. Ha escrito varios libros de economía y decenas de artículos, así como cinco novelas (La muerte lenta”, 1995, “Vivir es ver pasar”, 1997, “La paz de febrero”, 2006, “Entrevías mon amour”, 2009 y “Las mentiras inexactas”, 2012), sendos ensayos sobre los escritores Manuel Rico, 2012, y Haruki Murakami, 2013, y un libro de microrrelatos, los "Cuentos de los viernes", 2015. En la actualidad está escribiendo un segundo libro de microrrelatos: "Cuentos de los otros" y una nueva novela.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *