El signo del miedo, de Margery Allingham

El signo del miedo, de Margery Allingham

el-signo-del-miedoA mí con este libro en un principio no me viene la inmensidad de la diversión y el transcurrir de las horas, principalmente por un pretexto aparente: no sé de qué va la novela. Tampoco es que yo sea el puto amo del diligente entendimiento de confabulaciones y tramas. Reincido, en un principio, la novela no sé de qué hostias va. El detective Campion. Empleado del gobierno británico. Reino de Averna. La Corona Inglesa. Un hotel. Yo qué sé. Mucha gente entrando y saliendo, más que en una peli de Berlanga.  Si bien, la actividad lúdica de esta historia termina acudiendo. Al fin tenemos en la literatura la maravillosa llegada de la aldea encantada, como bocanada de aire fresco: el misterio, el humor, el surrealismo (No obstante, se toparon con un anacronismo sorprendente: ante la puerta había una berlina extremadamente antigua, pero sin duda dotada de un motor eléctrico. Aquel notable vehículo había sido pintado por una mano inexperta, y ahora permanecía aparcado, achaparrado y cohibido, dando la sensación de que su color carmesí fuese fruto de un violento sonrojo producido porque había caído en la cuenta de su edad), la acción en conexión con el chispazo irónico que mueve al lector en el sillón (Él se dio la vuelta y me miró…Enseguida me di cuenta de que era un desconocido…Un extraño pico de pelo que bajaba por su frente…Cuando iba hacia él, levantó la mano y me atizó en plena barbilla. Y, claro perdí pie y me di un golpe en la cabeza con la mesa que me dejó totalmente inconsciente. Es un milagro que no me tragara la dentadura postiza y me ahogara). Y los habituales desenlaces. Se centra el libro y me centro yo. La trama no importa tanto si la lectura tiene confort. Gracias.

Se van a un molino. Pontisbright. A resolver el misterio. De quién es el puto condado. Salen unos poemas alegóricos como jeroglíficos; tambores, relojes, campanas; una cadáver en un brezal y una chica que es un auténtico bombón de la pradera. Amanda, una chica lista de 18 años con los ojos de avellana (más o menos) y el pelo rojo que viene a ser la heroína de las novelas de misterio escritas por mujeres. Afortunadamente.

  • Por aquí – dijo Lugg, señalando una zona oscura del tojal en la parte donde no había casas-. Parece raro, ¿verdad? Un cadáver es una cosa, pero un cadáver amortajado en un puñetero páramo es otra. De lo más perturbador

Amanda Fitton, que cumpliría dieciocho años en apenas un mes, tenía un físico cuya perfección llamaba la atención. No era excesivamente alta y estaba delgada pero sin ser demasiado flaca. Sus grandes ojos tenían un color entre  pardo y miel, y su extraordinaria melena pelirroja resaltaba aún más su belleza. No se trataba de un rojo caoba, ni tampoco zanahoria, sino de un color llameante y flamígero tan sutil e infrecuente como hermoso.

Por tanto, la novela, sin ser un artilugio de lectura en sombrilla de playa (afortunadamente) ameniza lo suficiente, como si prometiera mucho más y asciende al destino de la gratificación final;  tiene evolución, algo, un track bonus, un chupito, una lupa de detective; qué pena no decir lo mismo de bastante contemporaneidad hispánica, tan parecidas la página 7 y la 690. El signo del miedo, por tanto es una especie de cuñada abstemia en la cena de Nochebuena que esa noche toma tres copas de cava y se crece en argumentos y comicidades impensables. Literaria y ociosamente hablando, en estos libros se maneja muy bien Impedimenta, es decir la novela de aventuras con misterios y hallazgo de solución con trabajo de campo, interacción con el infame y ciertas atracciones amorosas en la vida de Campion (Amanda), desde el punto de vista de la interpretación personal. Edad de oro de la novela negra inglesa. Es un libro profundamente invernal.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *