El misterio de la arte del mimo guardado en el silencio

El misterio de la arte del mimo guardado en el silencio

En la imagen José Piris, discípulo de Marcel Marceau. Foto Pablo López Núñez

Por José Piris

Pocos profesionales del teatro saben en la actualidad del tesoro que ha permanecido oculto en el antiguo arte del Mimo. El arte del Mimo en el último siglo XX, ha pasado desapercibido en el mundo del espectáculo. Es curioso, pues precisamente en este pasado siglo el maestro Étienne Decroux ha creado la Gramática Corporal, sobre la cual el Mimo toma su auge en la era contemporánea.

También en este siglo, el Mimo ha sido universalizado en manos de artistas como Marcel Marceau, Charlie Chaplin, Jean Louis Barrault, Buster Keaton, Harol Loid, Dimitri, Jacques Lecoq, Lindsay Kemp, Jacques Tati o Charles Dullin entre muchos otros, devolviendo a este arte la popularidad que como antaño tuvo en numerosos periodos históricos.

¿Pero cuál es este secreto que esconde el arte del Mimo?

El artista mimo cuando se enfrenta a su trabajo generalmente comienza interpretando en el silencio pequeñas historias, incluso anécdotas sin mayor relevancia narrativa, poco a poco comenzará a crear temas con una dramaturgia de mayor madurez.

En definitiva, en su primera instancia se entrega a recrear en silencio y con la única ayuda de su cuerpo, los pequeños pasajes que ve a su alrededor, digamos se limita a imitar al mundo al que pertenece.

Podríamos hablar en este caso de mimesis. Se inspira en los episodios que observa en el mundo humano, imitando a las personas y sus comportamientos, los trabajos que éstos realizan y a sus ciudades, recreando herramientas y objetos, máquinas e historias humanas. Así nos identificamos con la sociedad que hemos creado desde el lenguaje de la Pantomima y retratamos los conflictos y desenlaces que caracterizan todo argumento del drama.

Al igual que encarna las diversas sociedades, por otro lado y de modo más especial, retrata la naturaleza y sus motivos: el mar, los elementos, los animales, los arboles, los colores y las luces, las energías y dinámicas, las materias, las fuerzas de la naturaleza, las estaciones, etc. Aquí es donde el artista empieza a descubrir uno de los primeros legados que este antiguo arte le ofrece, le descubre un cuerpo que no se presenta solamente como un cuerpo humano, sino como una extraordinaria metáfora del universo. Un universo que no habla con palabras, sino con la poderosa huella de la imagen, la fuerza de la belleza que nace de una ondulación o de una sacudida, la extraordinaria magia de ver en el cuerpo humano el cuerpo salvaje de un caballo, nada se esconde pero como un acto ritual el misterio se adueña del acto y el actor renace como testigo del origen de nuestra existencia.

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Si nos paramos a pensar, en el arte del teatro podemos ver un gran legado literario, en la mayor parte de las obras teatrales los protagonistas son seres humanos, como sucede generalmente en la Pantomima. Esto nos abre una nueva perspectiva, si los protagonistas que conducen una obra teatral no son necesariamente humanos, entonces se podrían crear obras de teatro donde las historias fueran de carácter universal, historias que nacen desde la narrativa de la propia naturaleza, con símbolos, con metáforas, sugiriendo, poéticas plásticas, conceptuales, un camino trazado tal vez hacia la abstracción o hacia un lenguaje sagrado, legítimo ante un universo al que pertenecemos.

Antes de nada habría que decir que hay muchas culturas en el mundo, donde este tipo de historias ya existen sobre la escena, pero que occidente no siempre ha sabido reconocer, el arte del Katakali, del Nô, o del Kabuki, son algunas de estas artes escénicas tradicionales, y más recientemente el arte del Butoh por ejemplo.

El número legendario que interpretó en todo el mundo Marcel Marceau titulado Las Edades de la Vida, interpreta un solo en el que se ve al ser humano en un ejercicio de estilo, casi renacentista diría yo, donde retrata el paso por cada período de la vida desde la juventud a la muerte. Bien, aquí no sabríamos quien es esa persona, no es un personaje, ni tiene identidad, representa a todos los seres humanos, no nos cuenta una historia típicamente aristotélica, con sus eventos, sucesos, progresiones dramáticas, no entra en la conducta humana siquiera, sencillamente habla del tiempo que transforma al ser humano, el conflicto es totalmente simbólico, el tema universal, ver esta pieza nos toca profundamente en el corazón, pues reconocemos nuestra existencia y fugacidad en la vida. Una poesía visual que nos habla del peso del tiempo sin por ello recurrir a un argumento teatral ortodoxo.

Pero el misterio que guarda el arte del Mimo, nos conduce hacia otros descubrimientos. El Mimo busca en su ejecución un constante distanciamiento, nada es igual que en la realidad, lejos del realismo persigue una necesaria estilización en el gesto que permite la identificación del acto teatral. Para ello la cristalización de la forma del cuerpo en diversas actitudes requiere de una gran esencialidad, que es lo imprescindible para entender la acción dramática. Sin duda la acción dramática es una de las esencias más codiciadas en la representación teatral, es sobre ella que se conducen los argumentos de las historias, la síntesis del comportamiento y la economía del gesto y sus acciones permiten descubrir rápidamente al artista mimo cuáles son los motores de acción y cuáles los procesos emocionales. El sentimentalismo en el mimo esta desterrado pues adormece el cuerpo en vez de proyectarlo mediante el gesto y la suspensión dramática. Resumiendo, el artista mimo en su ejercicio aprende a sostener el presente dramático en cada momento sin dilatar las acciones o reiterarlas, evitando la precipitación injustificada y potenciando la presencia y existencia del personaje gracias a la consciente de tener que comunicarse mediante lo que el público verá, y no escuchará, como sucede con el teatro verbal o literario.

El artista mimo sabe que su herramienta principal es el cuerpo, y en su cuerpo el protagonista es el tronco, es decir toda la región anatómica donde reina la columna vertebral, del sacro al cráneo, ambos inclusive. El tronco representa la acción, la pelvis es su centro motor, por lo tanto todas las acciones que realice un sujeto en el mimo tienen como referencia al tronco. Nuevamente aparecen las acciones para el actor, las acciones dramáticas. Y esto nos lleva a una pregunta, si el tronco corona el cuerpo, ¿Cómo se gestiona este cuerpo en el espacio? La acción es un evento del presente, es por esta razón que el actor mimo siempre se desplaza en el presente, si desea tratar un tema del pasado, utiliza las elipsis para viajar al pasado, materializa los recuerdos, o los deseos que se pudieran dar en el futuro o en el imaginario, los vive siempre en el presente y conduce al espectador en el mismo espacio y el mismo cuerpo a realizar un viaje vivencial que permite entender el proceso, como haría el cine con el flash-back, pero sólo que este último utilizaría el recurso de la cámara y el cambio de localización. El actor mimo no narra lo sucedido, pues no puede narrar, vive y le sucede, esto hace que la representación sea siempre un ejercicio ritual, encarnado y defendido en el rotundo presente.

Generalmente el actor-mimo, suele ser quien crea sus propias obras, y normalmente es él quien se suele poner en escena, especialmente cuando trabaja en solitario. Es por esta razón que cuando dirige o pone en escena un actor o elenco es conocedor de las necesidades actorales, pues su lenguaje primario es la acción y el movimiento. Entiende la mecánica de las acciones y su manera de acceder a la escena puede ser desde sugerida desde la inspiración del tema en cuestión hasta coreografiada mediante una precisa mimografía de gestos y acciones.

El artista mimo que decide montar una pieza literaria, prescindiendo del verbo sobre escena, pero partiendo fielmente del texto de otro autor tiene ciertas facilidades e inconvenientes. Por un lado un artista acostumbrado a crear acciones, enseguida empatiza identificándose con las necesidades del autor original, entiende cuáles son sus propuestas escritas, pues son las que enmarcan la acción dramática, verdadera portadora del argumento. El artista mimo deberá sintetizar las necesidades del autor reflejadas mediante los diálogos de los personajes, para identificar así cuáles son las acciones que persiguen los objetivos, y cuáles son las inflexiones y rupturas que aparecen con cada conflicto. Si un director de un Mimodrama tomase El Sueño de una Noche de Verano de Shakespeare deberá analizar en profundidad cuál es el esqueleto que ha llevado al autor a definirlo con las palabras, y cambiar estas palabras por acciones que respondan plásticamente a las atmosferas, géneros y características propias del texto inicial. Cuando un director de Mimodramas ha montado varias obras literarias, fácilmente sabrá componer un argumento propio a partir de un mito o una leyenda, pues su forma de estructurar será eminentemente esencial, permitiendo una lectura por parte del espectador mucho más accesible, precisa y tocante.

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Es un arte el del mimo que nos permite crear desde una imagen, inspirándonos con lo que nos provoca en el imaginario, como un cuadro, escultura o fotografía. Pero también podemos partir de una experiencia, una vivencia, y a partir de ésta crear una historia con distanciamiento y un argumento que nos traslade sobre el tema vivido.

El actor mimo, no tiene un texto al cual agarrarse en escena, o dicho de otro modo, éste no será un escudo con el que protegerse de la expectación del público. No dispone de sofisticados vestuarios, pues en muchas ocasiones o tiene que ser varias personas o cosas en la historia que nos cuenta, o bien su cuerpo tiende a estar cubierto por un vestuario neutro, por la necesidad de ser todo y nada al mismo tiempo. Aunque también es posible que tienda al desnudo, o al cuerpo visto en su mayor parte, pues en un lenguaje donde el cuerpo es el protagonista y el leguaje de comunicación y emisión, una cara o las manos no tienen que decir más ni menos que una espalda o una pierna, todo el cuerpo habla, porque el cuerpo es uno, y al mismo tiempo es el lienzo de una pintura universal. El artista mimo prescinde en muchas ocasiones de escenografía, y sobre todo si ésta existiera, entraría a jugar en escena con un gran valor simbólico, casi un personaje más de la historia o un elemento que puede ser utilizado de diversas maneras pasando a ser más de una cosa, pues es el juego del actor el que pone en evidencia la identificación para con el público. El empleo de la luz, el maquillaje corporal, la música o los medios audiovisuales pueden ser herramientas que según como sean empleadas podrán potenciar el trabajo escénico o de lo contrario ponerlo en evidente insuficiencia.

El trabajo coral, es seguramente uno de los aspectos más atractivos, disponer de un elenco de actores mimos en grado de trabajar en un propuesta escénica colectiva permite encontrar en este arte una forma de trabajo grupal especialmente poderosa. Donde el elenco en si es el protagonista, aunque de sus coros surjan personajes concretos que tomen autonomía en momentos de la obra. El coro pasa a ser una gran pasta de modelaje en la que todo puede estar esculpido, todo se modela, paisajes, imágenes particulares…Como el director de cine elige sus planos, en el Mimodrama las imágenes creadas mediante cuerpos, evocan diversas apariciones, fundiéndose, transformándose, surgiendo de su interior, explosionando y formando múltiples coros, definiendo perspectivas, creando situaciones, cuadros dramáticos, una historia viva en toda su globalidad, todo late en escena con una misma pulsión, la emoción es un hecho compartido, la narración un suceso plástico.

El cuerpo del artista mimo, tiene la cabeza para imaginar sus creaciones, un busto para dirigir, para tomar las direcciones que pretende, para cumplir sus deseos y materializar el juego de sus emociones, y finalmente posee un tronco con el que cabalgar la acción, con el que viajar en el espacio, con el que existir en el tiempo.

Claramente aquí sólo están expuestos algunos de los tesoros que aporta el teatro del mimo a la escena y a la creación contemporánea. Tal vez se preguntarán si no hay más, tal vez se cuestionarán ya sobre los citados. En cualquier caso el Mimo es un arte que sólo se logra entender, y te permite acceder en profundidad a su legado, mediante el ejercicio de experimentar, poco queda decir, mucho aún por hacer.

*Todas las imágenes que ilustran el artículo han sido facilitadas por su autor José Piris

Autor

José Piris
José Piris, discípulo de Marcel Marceau, dirige en Madrid la Escuela Internacional de Mimo y Teatro Gestual Mouveau Colombier.

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