El límite inferior, de Nere Basabe

El límite inferior, de Nere Basabe

La tierra de La Solana es seca, arenosa y carcomida por el salitre, poco apta para el cultivo. Su única riqueza fueron durante décadas, los peces del mar que hoy también escasean. Pero eso fue antes de que construyeran la carretera y llegase el Desarrollo. Odisea se entretiene bajo la barra y desayuna cabezas de gambas que, entre colillas, huesos de aceituna y servilletas de papel, forman el conglomerado que tapiza el suelo.

20150422142946_nereportEs extraño entrarle a esta novela, así con dos pelotas a ver qué nos quiere contar. Quiero decir, si yo soy inocente y virgen de Nere Basabe, la cosa, el asunto me acojona un poco. Miedo me dan las novelas que empiezan tan mediterráneas y con gente que hace cosas y además son pareja. Otra vez que vamos a inventar la pólvora. En fin, el puto pueblo se llama La Solana, que básicamente tiene paletos, guiris, viejos, perros y alguna ucraniana que está bien buena. El primer matrimonio, Víctor y Valeria, folla poco y tampoco es que se flipen el uno por el otro, y la otra pareja son Brigitte, una francesa que organiza viajes de viejos gabachos y otro tipo con nombre equipo de baloncesto (Breogán) artesano de la horterada, porque no hay souvenir en el universo que no sea estrambótico y ridículo. Quizá  no sea odiador categórico, pero en fin:

Y Breogán está encantado con la falta de expectativas: odia los cursos para la tercera edad, con esas viejas parlanchinas de bochornosas aspiraciones artísticas, y en los talleres de la penitenciaría local ha de confesarse que pasó miedo con los presos de las bandas latinas y sus burlas y amenazas socarradas. Con los discapacitados mentales todo transcurre igualmente fuera de la ley. Breogán siente predilección por los alumnos volcados en destruir, más que en construir, porque se ve que aporrean sus piezas sin maldad. A veces se le cuela algún autista, que no hace nada pero tampoco molesta. Todo lo demás resulta imprevisible y eso es lo mejor.

Ser escritor es una especie de sacrificio y filantropía por el bien de la novela. Vale.  Entonces la novela va de lo cabrona que es la vida, de unos pobres diablos sin una orientación clara, por la maduración de tiempo y la desazón de las relaciones personales, de la ruina y la prescripción del amor, incluso del desamparo y el encierro cibernético, con una interesante y atractiva cadencia narrativa que mira, juzga por encima del hombro, siendo la factura de los personajes y sus miserias, prácticamente impecable, y una más que digna literatura que está diciendo: puta vida, tete.

Hoy que ha visto que el cartel de neón del bar de copas de enfrente de su taller, que cerró hace un par de años y que sigue desde entonces clausurado, se ha descolgado por los efectos del temporal y el abandono, Breogán ha mirado hacia el cielo del color gris de la indiferencia y ha vuelto a pensar en ella: ya no aspira a encontrar el amor;  se conformaría con la tranquila extinción del deseo.

 Tal vez por eso, Valeria, encerrada durante horas en la torre de marfil que es para ella el cuarto de baño, traspasada por el estado de ánimo del cielo, se ducha una tercera vez antes de acostarse.

La novela gana según avanza el período de aclimatación, que quiere decir: estamos buscando un destino, déjate de áreas de servicio. La carga de valor humanístico. Hacía dónde vamos con nuestras vidas, nuestras licencias de obras y nuestras pieles agrietadas.  Y de repente, me llegan ciertas reverberaciones del entorno editorial que dicen:  Chirbes, Gopequi y Houellebecq. Vale, vidas derrotadas, sueños rotos, corrupción, factores humanos, omnisciencia, hijos de puta, relaciones de pareja, los viejos, la familia y los vínculos emocionalmente vanos. De acuerdo.

Claro que Brigitte se siente ahora culpable: por la desidia, por haberse dejado arrastrar por la marea de madres, suegros y cuñadas hasta las orillas desérticas de un barrio de bloques de nueva construcción sin oponer resistencia, por haber aceptado con aparente normalidad unas responsabilidades que se esperaban de ella y para las que no estaba preparada: convertirse de la noche a la mañana en un surtidor de leche tibia, no poder dormir más de cuatro horas seguidas ya nunca más (ni siquiera ahora, en La Solana, lo consigue; cierra los ojos en medio de la terminal y trata de dormir, pero no puede), perpetuamente a disposición de un llanto que destrozaba los tímpanos, la única nueva música que vino a partir de entonces a usurpar el lugar de los antiguos discos; limpiar las caquitas de un culo enrojecido y diminuto y sentir sólo amor.

La literatura de Nere Basabe es triste por la manufactura del realismo-materialismo y minuciosa por la consecución de los objetivos (diríamos en una taberna: Nere no se anda con hostias). La dura corteza. La montonía. Por tanto, encuentro el sentimiento de participación afectiva en el dolor y el declive de las vidas, y ciertos derivados, valga el paradigma, del ladrillo, el esnobismo, las discapacidades y la decrepitud pasional.  En fin, los jóvenes novelistas no son mejores que los viejos pensadores, eruditos y especuladores que también escriben libros, pero a veces (Nere Basabe & Co) nos dedican una obra sin engreimientos de vómito ni yo soy el puto amo,  aunque la vida salga brusca y agresiva. Tampoco la novela necesita un intelecto supremo, sólo un poco de honestidad, café y ganas. Bien. En cierta manera, la novela nos demanda más con la veracidad, la franqueza que con la belleza y la efímera y vana metáfora. Y el vacío; notablemente narrado por Nere Basabe.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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