En busca de Gatsby

En busca de Gatsby

“Son una chusma depravada. Tú vales mucho más que todos ellos juntos”.

Estas fueron las últimas palabras que Nick Carraway le dirigió a su amigo Jay Gatsby aquella fatídica mañana de finales de verano. Por entonces, Nick no podía saber que se estaba despidiendo de un robusto bastión del sueño americano. Gatsby llegó a simbolizar la integridad en un mundo que se venía abajo víctima de su propia opulencia, y quizás por ese motivo fue un triunfador que nunca llegó a reconocer su propia grandeza. Para encontrar a Gatsby primero hay que reconocerle en la distancia y luego adentrarse en un laberinto de colores y espejos. Tan sólo al final conoceremos a un hombre que se ha conducido en la vida según los designios de su corazón.

Quizás Francis Scott Fitzgerald (Minnesota, 1896 – California, 1940) no fuera del todo consciente del profundo calado que tendría su penúltima obra en los años venideros. Porque The Great Gatsby, publicada en 1925, iría cobrando cada vez más altura hasta llegar a nuestros días revestida de un bagaje cultural y literario indiscutibles. Fue concebida en un período fértil de la literatura norteamericana, una etapa en la que escritores jóvenes vertían los desencantos de la Gran Guerra en novelas, poemas y obras teatrales. Circunscrito en el grupo de escritores conocido como la “generación perdida”, Fitzgerald fue un claro ejemplo del movimiento modernista que caracterizó el período de entreguerras. Esta generación nacida en la última década del siglo XIX buscaba una ruptura en los modelos literarios anteriores, volcándose en registros experimentales que huían claramente del realismo precedente. De alguna forma se obsesionaban con la distorsión del tiempo, la ruptura de un modelo lineal en la narración y la necesidad de adaptar la herencia mitológica del pasado clásico a la época contemporánea. La novela que nos ocupa presume de todos estos rasgos; Fitzgerald ya había hecho acopio de ellos, en mayor o menor medida, en sus dos obras anteriores, This Side of Paradise (1920) y The Beautiful and the Damned (1922).

Las ideas centrales para su tercera novela fueron concebidas en junio de 1922 cuando Fitzgerald residía en Minnesota. Durante los dos años siguientes escribió unas 18.000 palabras, pero descartó casi la totalidad del material; no estaba cómodo con el resultado. Será en abril de 1924 cuando comience a recomponer la novela, y en septiembre, en la Riviera francesa, completa un primer borrador. Durante los dos meses siguientes modifica el texto para hacerlo publicable, lo titula The Great Gatsby y se lo envía a su editor, Maxwell Perkins. Éste le responde llanamente que “la novela es una maravilla”.

Pero junto con los elogios, Perkins también añade algunas sugerencias a Fitzgerald: el personaje de Jay Gatsby es impreciso, “los ojos del lector nunca pueden enfocarle”. El escritor acomete una revisión del texto y, a instancias de su editor, revisa el personaje central, añadiéndole información adicional sobre su biografía y cambiando el título de la obra por Trimalchio in West Egg. Perkins le devuelve el manuscrito para su corrección y hasta febrero de 1925, Fitzgerald revisará las galeradas durante su estancia en Roma y en Capri. Hay modificaciones en el título mientras mantiene su correspondencia con Perkins hasta que finalmente, el 10 de abril de 1925, se publica en Nueva York la primera edición de The Great Gatsby.

A pesar de todo el esfuerzo creativo, la novela fue un fracaso en las librerías. En febrero de 1926, sin embargo, se llevó al teatro en Broadway en una versión dirigida por George Cukor, recabando bastante éxito durante sus 112 representaciones. Basándose en esta obra teatral, Herbert Brenon rodó ese mismo año una versión muda para el cine, con Warner Baxter en el papel de Jay Gatsby; lamentablemente, la cinta se ha perdido y tan sólo se conserva el tráiler, pero las reseñas demuestran que ha sido la más fiel adaptación de la novela, superando incluso a las versiones de 1949 (Elliott Nugent), 1974 (Jack Clayton) y 2000 (Robert Markowitz), pero acercándose a la fidelidad narrativa mostrada por Baz Luhrmann en la más reciente adaptación.

Nick Carraway es un joven recién llegado a Long Island que se instala en una humilde vivienda del West Egg, una zona reservada para los nuevos ricos que con su fortuna se han acomodado en imponentes mansiones, disfrutando de todos los lujos que la Edad del Jazz les puede ofrecer. El hecho de estar contada en primera persona y, por tanto, encontrarse sometida a la visión subjetiva del narrador, no imposibilita ver en el Gran Gatsby una profunda complejidad en los personajes y los espacios que les rodean. Nick se erige como el narrador de esta historia que, algunos años más tarde, escribirá impulsado por recuerdos que necesita exorcizar. Todo lo que sabemos de aquel caluroso verano de 1922 es una visión filtrada por sus propios prejuicios, opiniones y conjeturas.

La primera noticia que Nick tiene de Gatsby proviene de la joven Jordan Baker cuando es invitado a cenar en casa de Tom Buchanan. Su esposa, Daisy, es una mujer voluble que se muestra excesivamente encandilada ante cualquier gesto de atención. En un determinado momento, Jordan se dirige a Nick:

– Usted vive en West Egg – sentenció con desprecio -. Conozco a uno de allí.

– Yo no conozco a una sola…

– Tiene que conocer a Gatsby.

– ¿Gatsby? – preguntó Daisy -. ¿Qué Gatsby?

La conversación se corta cuando anuncian que la cena está servida. Entonces, Nick se verá inmerso en una velada que despliega sutilmente el mudo sufrimiento de ese matrimonio inimaginablemente enriquecido. Los diálogos tildan la escena de un cuidado estilo que redefine constantemente a los personajes. Se conoce su honda vacuidad, su tristeza, siempre escondida bajo capas de apariencias y frivolidades. Solamente Nick se mantiene firme y seguro, a pesar de su modesta presencia como miembro de la clase media.

Pero la imagen de Gatsby ya flota en el aire. La pregunta de Daisy, aparentemente formulada de manera casual, esconde tal intensidad que marca el resto de la novela de una delicada carga dramática. Esa misma noche, de regreso a su casa, Nick cree reconocer a Gatsby observando ensimismado el cielo nocturno. Este pasaje, colmado de simbolismos tales como el mar, las estrellas o los árboles, dota a su figura de una sólida autenticidad; aprendemos, casi intuitivamente, que el interrogante fortuito de Daisy no fue tal, sino más bien el reclamo inconsciente de un recuerdo que afloró de pronto a su mente banal.

Desde la casa de Nick, ubicada a unos cincuenta metros de la costa, se puede ver la actividad que se despliega en la mansión de Gatsby. Los preparativos para las fiestas de los sábados son sobrecogedores; el vecino de Nick no repara en gastos para convertir su amplio jardín “en un árbol de Navidad”. La gente acude a ellas sin ser invitada, tan sólo “con una ingenuidad de corazón que les servía de entrada”. Pero Gatsby conmina a Nick para que acuda a una de ellas, en una tarjeta de invitación humilde y tímida, iniciándose así una nueva fase en el acercamiento a su esquivo vecino.

Las fiestas de Gatsby alardean de un papel protagonista tan lleno de vitalidad y dinamismo que casi pueden considerarse como seres orgánicos en sí mismas. Son el crisol de la alta sociedad de Nueva York, el lugar donde los individuos se convierten en una muchedumbre que sólo busca el mero placer. Esas fiestas son testigos de una diversión que cada vez es más desenfrenada a medida que la noche se cobija en el jardín. Todo es glamour y encanto, luz y cristal, triunfando por completo sobre las capas más dóciles de la civilización y de la sensatez, mas todo lo que presencian son escenas muertas. Vacuos son los asistentes a ellas, vacíos los gestos amables, falsas las palabras. Los cócteles infinitos alimentan constantemente a esa bestia cada vez más libertina y amoral. De su extrema frivolidad nacen, ya rayando el alba, nuevas criaturas, perdidas y ausentes, que abandonan cansinamente el escenario de sus devaneos dejando tras de sí un yermo baldío.

Fitzgerald había titulado la primera versión de la novela como Trimalchio in West Egg. Trimalción es un personaje que aparece de forma episódica en El Satiricón (c 60 dC) de Petronio. Es un libertino que, después de amasar poder y riquezas gracias al trabajo duro, celebra grandiosas fiestas en su casa. Para Fitzgerald, Trimalción aún sigue vivo en Long Island, refugiado entre los muros de su morada, como si fuera el señor de una fortaleza inexpugnable. En su busca acuden Nick y su amiga Jordan Baker internándose en la casa, después de haber superado los espejismos del jardín y sus seducciones. No dan con él ni en el bar ni en la galería. Finalmente abren una puerta majestuosa y entran en la biblioteca.

El gran Gatsby es una novela simbólica en la que cada acto descrito, cada personaje, cada escenario y subtrama abrigan significados ocultos que discurren de forma paralela a la acción expresada. La escena de la biblioteca es particularmente reveladora. Allí no encuentran a la persona que buscan, sino a un hombre “con gafas enormes y ojos de búho, algo borracho” que observa las recargadas estanterías con suma atención. Ese individuo explica que los libros, todos y cada uno de ellos, son auténticos y no de cartón hueco. Resulta paradójico que lo verifique alguien que está allí por casualidad y que se ha aprovechado de lo que la fiesta de Gatsby le puede ofrecer; pero posee la capacidad de ver más allá de los anaqueles y lo comparte con el primero que le quiera escuchar. Nick y Jordan entablan un diálogo irreal e inesperado con una personificación del sueño americano, y aunque no  encuentran a Gatsby, sí hallan un símbolo de la verdad manifestado en su biblioteca personal.

Los muros que Gatsby ha levantado a su alrededor son casi infranqueables. Es alguien opaco para sus invitados, a pesar de que a veces se le ve deambulando por su propia fiesta, siempre cortés y correcto, pero lejano y solitario. Nick llega a dar con él únicamente porque Gatsby se presenta como tal en medio de una charla trivial. Nick carece de ese extraño poder que presenció antes cuando había entablado conversación con el individuo de los ojos de búho. No es del todo casual que esa ave represente la sabiduría, manifestada en la diosa griega Atenea, y que aparezca simbolizada en la persona de ese hombre ebrio que consigue atisbar la verdadera esencia de Gatsby. Sabe fortuitamente que no es alguien superficial ni irreal, que tras su pátina distante hay un hombre de una sola pieza.

Pero como todos los grandes protagonistas de las historias, Gatsby es un personaje caleidoscópico. A partir del momento en el que Nick le conoce, la historia se deshilacha en una vorágine de acontecimientos en la que todos son víctimas indirectas de la obsesión de Gatsby por recuperar su pasado. Esa idea llega a estar tan arraigada en su alma que gobierna cada uno de sus actos en una búsqueda incansable de la felicidad. Tan sólo Nick acaba conociendo su secreto. La esperanza de Gatsby alcanza su clímax cuando se reencuentra con Daisy en una escena tan cargada de romanticismo que por sí sola convierte la novela en una intensa historia de amor. Vemos a un hombre descarnado, inseguro, profundamente tímido, rodeado por un vergel de flores blancas y con la lluvia como telón de fondo, cayendo tras las ventanas. En su conjunto es una metáfora del lugar idílico que esa pareja necesitaba desde hacía años. Gatsby desaparece de nuevo en una burbuja atemporal que ni siquiera el autor llega a profanar. Fitzgerald respeta tanto a sus personajes que nos invita a salir de esa habitación para que la pareja pueda estar unos minutos completamente a solas. Es un lapso que cambiaría la vida de cualquiera, mas no la de Gatsby, pues él sólo ha vivido para recuperar ese momento y saborearlo con toda la fuerza del hombre enamorado que siempre ha sido.

Jay Gatsby pagó un alto precio por vivir con un solo sueño. Una vez alcanzado, el destino se lo arrebata de una forma tan brutal que nos devuelve repentinamente a una realidad cruda y ajena a toda ficción. La búsqueda de su felicidad culminó en la piscina de su propio hogar, en la que ya han caído las primeras hojas otoñales; resulta paradójico que en un determinado momento de la novela se describa el otoño como la estación en la que comienza la vida. En efecto: sus tonos amarillentos son las puertas de un renacimiento, de nuevas oportunidades. Pero Gatsby ya no puede aprovecharlas. Ese tiempo perdido que siempre le había obsesionado cae sobre él en unos segundos fatales. Quien encuentre a Gatsby entre las aguas tranquilas de su piscina será alguien que aspire a descubrir la verdad.

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