EL ESPÍRITU EN LA NOCHE

EL ESPÍRITU EN LA NOCHE

Vacío los bolsillos del pantalón que llevaba anoche y doy con un papel doblado. Hace unos días, este folio me habría permitido vender un boli Bic por 300 euros o merodear por la Castellana tratando de toparme con cualquiera dispuesto a charlar un rato acerca de su verdadero valor. En la tarde de ayer, el trozo de papel se había convertido en un salvoconducto para franquear los controles policiales desplegados a lo largo del perímetro vallado del estadio del Real Madrid y en un motivo para unirse a una cola a la que costaba encontrarle un final.

Estamos ya cerca de la puerta 35, el código de barras de la entrada responde; saltamos al césped cubierto por un plástico azul, avanzamos hacia un escenario que apenas ha cambiado en cuatro años: Bruce Springsteen y los de su banda siguen convencidos de que no necesitan más que unas tarimas, tres pantallas y un juego de luces para entretener, conmover quizá, a más de cincuenta mil personas durante tres horas y media.

Si hacemos caso a la entrada, lo que había llevado esta vez a Springsteen y a la E Street Band a recorrer miles de kilómetros era el 35 aniversario del doble disco The River: veinte canciones en las que el rockero de Nueva Jersey se enfrenta a su mundo interior y en las que no se limita a ser el cronista del territorio mitificado de Asbury Park. Springsteen tenía treinta años: era el momento de publicar una grabación que tratase los asuntos que nos atan a la vida. El trabajo, la familia, el amor, la amistad; un disco lo suficientemente grande como para contener varias de las dimensiones de cualquier existencia. Esos personajes de Springsteen con los que es tan fácil sentirse identificado, valga de ejemplo el protagonista de la canción The River, tomaron aquí su forma definitiva.

Pero ayer no nos contaron la historia de la chica que trabaja en el Jackson Cage, un club de mala muerte capaz de convertir a un hombre en un extraño. Nos es imposible recordar a Springsteen explicándonos lo que le supuso darse cuenta de la humanidad de sus padres: unas personas que debieron tener unos sueños y unas esperanzas que fueron enterradas por unos compromisos que, eso sí, trajeron consigo una serie de bendiciones. Me fui a casa sin que me recordasen que el amor sin consecuencias no existe (esas veces que pasa una chica por la calle y te imaginas, en un instante, toda una vida con ella). Ayer, nadie conducía un coche robado deseando ser capturado (cuando perdemos lo que nos une a las personas que amamos nos perdemos a nosotros mismos) ni nos dejó claro del todo el precio que pagamos por nuestras acciones. Madrid se quedó una vez más sin Drive All Night y yo eché en falta la historia que cierra el álbum The River, ésa en la que alguien decide no socorrer a un conductor accidentado.

Los problemas de sonido fueron evidentes -no sé hasta qué punto evitables en un recinto con paredes tan verticales como el Santiago Bernabéu-, sólo sonaron siete temas de The River por nueve del álbum Born In The USA y no hubo ninguna sorpresa en los bises. Pero la entrada del concierto me lleva de vuelta a la Castellana, a un inicio poderoso (Badlands, My Love Will Not Let You Down y Cover Me) que dio paso a a algunas de las primeras canciones de The River (The Ties That Bind, Sherry Darling, Two Hearts, Hungry Heart y Out In The Street) que fueron interrumpidas por una inesperada My City Of Ruins y una versión contundente de Wrecking Ball.

Una foto publicada por Bruce Springsteen (@springsteen) el

Los más exigentes no parecían dispuestos a perdonar la serie Darlington CountyWorking On the HighwayWaitin’ On A Sunny Day, como si se hubiesen olvidado de las seis canciones anteriores (The Promised Land, la soberbia Trapped, una hermosa versión de la canción The River seguida de  la añorada Point Blank y dos de los, a mi juicio, mejores cortes de Born In The USA; Downbound Train y I’m On Fire). Springsteen y los suyos recuperaron el pulso con una interpretación de Johnny 99 que habría sido redonda con un sonido mejor, Nils Lofgren tuvo su habitual y merecido momento de protagonismo en Because The Night y Madrid no dudó en responder con un yeah, yeah a la pregunta de si podía sentir el espíritu en la noche. Después de este paso por los 70, Patty Scialfa acompañó a su marido en la parte vocal de una Human Touch que, sorprendentemente, dio pie a que Springsteen se explayase con la guitarra eléctrica. Antes de los bises, hubo tiempo, por primera vez en la gira, para Land Of Hope And Dreams: un lugar al que se llega en un tren en el que hay asientos para perdedores y triunfadores, para prostitutas y tahúres, santos y pecadores, reyes y almas perdidas.

Una foto publicada por Jeff Kravitz (@jeffkravitz) el

Reconozco que poco me importan ahora la acústica y que no sonasen Jackson Cage, Independence Day, I Wanna Marry You, Stolen Car, The Price You Pay, Drive All Night y Wreck On The Highway. Guardo el trozo de papel doblado junto a otras entradas, estoy contento de poderlo hacer. Bruce Springsteen, ya sin la E Street Band, cerró la actuación con una versión acústica de Thunder Road. El concierto de anoche me dejó la misma sensación que el de hace cuatro años o cualquiera de los anteriores y, como dice un verso de Thunder Road, a mí eso me basta.

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