El encuentro

El encuentro

El marinero contemplaba sin ser visto a través del ojo de buey situado justo debajo de la pasarela cómo la falda de aquella dama de primera clase se elevaba medio centímetro y volvía a caer. Creía poder oír el sonido de la seda resbalando y el ruido del tacón acompasado. La experiencia duró sólo unos segundos pero fue de su agrado ya por mucho tiempo.

Miss Peggy Stechelton y su madre iban al continente a disfrutar de las nieves suizas. En los alrededores de Montreux, en una estación de montaña, encontrarían a su prometido que reposaba en un balneario. Habían decidido fijar el encuentro en aquel remoto lugar seguramente influidos por sus lecturas de novelas románticas. Mrs. Stechelton no se había opuesto porque todavía aplicaba criterios de juegos infantiles a lo que ya eran juegos de otra índole.

Tenían, en la campiña de Strattford, poca vida social, pues Mrs. Stechelton tenía fama de excéntrica y su hija le seguía el juego. En los últimos dos años no habían recibido más de cinco visitas, una de ellas la de su primo Penderton y su amigo Stanley Beaufort. Stanley y Peggy se habían enamorado casi al instante y fue imposible deducir si hubo coqueteo o artes femeninas de alguna clase para que se desencadenase tal episodio.

El compromiso fue del agrado de Mrs. Stechelton, que, previsora, ya se había informado de la situación y antecedentes de Mr. Beaufort. En realidad puede decirse que Mrs. Stechelton había adoptado el papel de celestina con su hija, ya una jovencita en la flor de la edad.

Stanley Beaufort, tras aquella visita, había sufrido una recaída de su leve reumatismo y con presteza se había trasladado al famoso balneario suizo. Mrs. Stechelton se había dejado convencer poco después por su hija para efectuar una gira por Suiza y las regiones francesas adyacentes.

“Sabes, madre”, le dijo hojeando concienzudamente un ejemplar de la guía de ferrocarriles suizos, “nuestro tren llegará al borde del lago en tan sólo tres horas”. Mrs. Stechelton sudaba poco decorosamente desde que su velo había rozado la chaquetilla del revisor, ornado de un puntiagudo bigote, y poco expresivamente respondió “Sí, querida”. “Allí nos espera Stanley”, exclamó un punto arrobada.

Los aires primaverales hollaban sus preciosos hoyuelos cuando divisó a Stanley en el andén. Éste, sombrero en mano, saludó circunspecto a las dos viajeras y mirándola sin calor le dijo “Bienvenida, bienvenidas a Suiza”. En el coche, camino del hotel el sonido de los cascos del tiro retumbaba en la mente de Miss Stechelton como sucesivos cañonazos.

Ya en sus habitaciones, Peggy despidió a su madre pretextando una jaqueca para eludir el almuerzo y se sumergió en la lectura de las aventuras de su heroína favorita en busca de inspiración.

Stanley que se había dado cuenta de sus sentimientos tan sólo en el instante en que encontró de nuevo a Peggy salió del hotel y se dirigió a la estación del cremallera. El despecho, un curioso despecho como reflejado en un espejo, le embargaba.

“Esta es la utilidad del despecho”, vino en pensar Stanley. Subrepticiamente, casi insidiosamente, el recorrido del pequeño cremallera transitaba por los intestinos del bosque, recortando a cada nuevo tramo una nueva línea de abetos. Mr. Beaufort miraba por la ventanilla, la mirada perdida en el verde oscuro del bosque.

En esa primavera alpina su mirada ardía, a ratos, junto con las llamaradas frías del cielo azul. De sobras conocía el valor de la templanza y era de espíritu práctico a la par que un punto retraído, pero a Stanley hoy le podía su triste situación amorosa. Peggy le había dado, sin decirlo, calabazas en la estación del valle y ahora ascendía solo a la cumbre.

El trenecillo iba casi vacío a hora tan extemporánea. Compartía vagón con una joven de aspecto algo fiero, agazapada tras sus lentes a través de las que se esforzaba en la empeñosa lectura de algo que podría ser, por su grosor, bien la guía de ferrocarriles suiza, bien una novela-río. Consecuencia de su confusión, su corazón era desdeñoso en ese instante, y su mirada no se detuvo más de un breve soplo de atención sobre la joven.

El recorrido del tren proseguía con la imperturbabilidad de la corriente eléctrica aplicada a la locomoción. Hasta que, de repente, el tren cremallera se detuvo en medio del bosque. El silencio impregnó el ambiente, de un modo tranquilo, de buen humor campestre. Y la joven de las gafas se sacudió el pelo, de un brillo y sedosidad aptos para aliviar al corazón más contrito, como era el suyo.

De pronto el despecho se tornó inútil, y para Stanley lo inútil era sinónimo de invisibilidad moral, de nuda inexistencia. Una joven bajó los escalones de su corazón mientras otra, simultáneamente, ascendía los peldaños. El tren se puso en marcha empujando a los dos pasajeros contra sus asientos. La mirada nada miope de la joven resbaló suavemente sobre el rostro de Stanley, dejando un rastro riente. Mr. Beaufort le sonrió abiertamente y la joven respondió del modo que era costumbre en la época entre las jovencitas de su posición.

La cremallera se iba engranando al paso medido de sus corazones, ambos lo sabían. Y ahora la llegada a la cumbre serviría de excusa para entablar la consabida y aleteante conversación. Amor quedaba servido una vez más, esta vez a eléctricos impulsos, como espasmódicos.

El pobre Stanley era dubitativo y, para colmo, sentencioso. ¿Cumpliría adecuadamente con su papel? Gotas de sudor perlaban su frente y cuando el revisor pasó a su altura, le miró inquisitivamente, quizá algo más de lo conveniente, y en un francés guturalmente germánico, pero para nada desagradable, pensó Stanley, le preguntó si se encontraba bien.

Stanley no se reconoció cuando le respondió que había sufrido un vahído. El revisor le miró un instante más, fijamente, y , en un aparte confidencial, le hizo ademán para que le siguiera. Stanley, como un muerto viviente, se levantó y le siguió.

En un compartimento apartado, Gunther, que así se llamaba el factor, le ofreció un trago, y todos los que le hicieran falta, de una petaca con brandy que llevaba bajo la chaqueta. Stanley, agradecido, le sonrió y el factor le devolvió una sonrisa, y una mirada, lobuna.

Cuando su mano rozó la pierna de Stanley, la electricidad volvió a fluir, esta vez sin interrupción alguna.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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