El cielo que nos tienes prometido, de Guillermo Aguirre

El cielo que nos tienes prometido, de Guillermo Aguirre

La foto de portada es de Irene Tamayo.

cielo prometido aguirre

El cielo que nos tienes prometido está en ese linaje de novela retórica que conlleva cierta cerradura sistemática por parte de determinados editores, cerrados de chola igualmente. Abiertos al business (como todos, pero más flagrantes). Es la persuasión del siglo XXI y una deshabituación a tolerar y gozar ciertas metáforas y rebuscamientos más allá de follamos todos y la puta al río, un tío con una fusta atando a un pibonazo o  Ken buscando un tesoro en una catedral o saliendo del armario. En Tarántula lloramos con las novelas retóricas. No por que necesariamente sean prodigiosas. Sí por el milagro de la publicación. Por tanto, consumado el fenómeno, la novela de Guillermo Aguirre es extraña, detallista, quicir atípica, y contradictoriamente mesurada y frondosa. A veces un cómic, a veces un trabajo de orfebrería, con querencia a la metáfora, que es un puto delirio bien detallado, como un cassoulet, una quiche lorraine. Porque no hay literatura sin fogones; y Aguirre con la cocina de mercado, más o menos se defiende: corpus léxico de voces más arcaicas que vanguardistas. A tomar por culo la cocina japonesa, Kioto y los gatos de Murakami. Bienllegada la quijada, la lidia, el granero, la Benemérita, las pavesas, los cañones yuxtapuestos, el gramófono, las pezuñas y el pellejo. Todo muy acorde y adyacente a la fisonomía del novelista;  su semblante de mil novecientos cuarenta y cinco.

…había algo en su piel que hacía pensar en una crisálida que hubiera sido iluminada desde el interior con un cirio pascual.

Y el toro se encabronó. Sus pezuñas golpearon la tierra –esa tierra sin cuartel donde suena hueca la aldaba del cielo- y la tierra tembló…

Golpeaba su frente contra la tierra de un modo casi religioso. Él lloraba, pero eran lágrimas densas que habían caído sin ruido como piedras en el lodo.

Salen un Ford Sierra azul, el desierto de los Monegros, un camionero de fábula y apología, aberraciones, gitanos, toros, escopetas y un conflicto de la hostia; un lance con maneras de western y evasión constante, a lo largo de un territorio de mierda, por inclemencias y peligro, que irá flagelando sus cuerpos, y distorsionando el alma, que suele ocurrir cuando una novela es: intensa y cruda. También para el pobre conejo.

Durante una semana cazó con sus propias manos y con sus propias manos rompió también el pescuezo de un conejo que hubo de comer crudo y en cuclillas.

Claro, y la perversidad; aquella mancha primitiva.

El libro es una evocación de cierta España lacerante y desoladora, y parece que va de pasarlas putas; por eso es una novela con señoritos, gitanos, maldiciones bíblicas y hermanos paranoicos. Tampoco es que el desierto de los Monegros sea la alegría de la huerta, y tampoco te lo pone a huevo para un la vita è bella.

El cielo que nos tienes prometido narra sobre la expiación y la consecuente culpa, el dolor y el miedo en conclusiones universales, sobre un país que angustia y fatiga, la consabida muerte y el Día del Juicio Final. Aferrada a cierta memoria rural de estética sucia y estilizada de pobres diablos exhaustos de vanguardia e intelecto; rudos, violentos; tabernariamente irreprochables. Y emocionales. Como Despeñaperros. Lo llamaremos literatura; y credenciales de entrañas, una novelita donde Aguirre más que buscar indagaciones y testimonios, parece que el libro se le desangra en las tripas. Cúrate, macho, lo necesitarás.

El cielo que nos tienes prometido, Guillermo Aguirre, Demipage: 2015.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

One comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *