El carrusel universal

El carrusel universal

Hace un año, mi vecino de arriba (esa extraña gente que vive en las alcobas) era un tipo de cincuenta años que olía a alcanfor, caramelos de menta, verdura cocida y colonia Brummel, vestía chándal los fines de semana, se peinaba con raya muy consolidada y categórica y llevaba un estúpido bolso-riñonera y un anillo en el dedo gordo (ya hay que ser hijo de puta) como efigie y emblema de “vanguardia” y de “innovación Costa Marrón de Alcorcón” o ” I love Getafe”. Era un tipo raro, silente, taciturno, de esos que destilan auto-complaciencia y pena, pero no era especialmente grimoso dentro de su ordenada prescripción de vida. Es como cuando exclamamos: ¿Los vecinos? Como si no tuviera.

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Un día apareció con una pareja (chico y chica) y no me preguntes en qué estriba y se fundamenta el triángulo pues no tengo ni idea, y empezaron a entrar y salir a menudo, con mucha más hilaridad, toxicidad y excitación en su nueva vida. Cuando estaban de risas en el portal y yo entraba, daba las buenas noches, miraba el suelo y subía corriendo a mi casa batiendo el récord del mundo de las Olimpiadas de meterte a toda hostia en el ascensor, o los 100 metros de escalera de madera. Si venía de parranda y me había tomado tres o cuatro copas, directamente los ignoraba, o quizá bufaba y resoplaba levemente algo como : vaya tres.

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Ahora mi vecino camina a cámara lenta, lleva una camiseta de palmeras y papagayos, se contonea, lleva unos exiguos y grotescos shorts blancos que son unos vaqueros cortados y unas crocs, y le está diciendo al mundo que contemple, reflexione y examine su evolución. Incluso alguna vez (no sé si soy buen contador, pero sí buen observador) te prometo que su afectación y su postura estaban diciendo: disfrutad de mi presencia. La evolución del tipo, la verdadera máquina del tiempo se constata en gastar tu dinero, en follar y/o participar en las fantasías sexuales de gente treinta años menor que él. Eso, con su gran problema añadido: que te toque un día llevarlos a ver a Los Gemeliers, Justin Bieber y One Direction, y termines haciéndote el tatuaje de un gnomo subido a un arcoíris. Mientras, seguiré informando del axioma principal: la vida sigue dando más vueltas que el carrusel de un hámster.

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Me he despertado de la siesta con ganas de helado y una copa, y me estoy comiendo unos doritos mientras me abanico con un cartón del Orgullo Gay que me han dejado en el buzón. Así nos va, a la sociedad en general. Decidme al menos que no estoy saliendo por la tele.

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Buenos días, ¿Todo el mundo ha desayunado, se ha duchado y ha venerado a Gloria Fuertes ya?

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Esta mañana, recién levantado, me he mirado al espejo, me he asustado y me he dicho: un euro para un café. Y me he respondido: de verdad que no tengo nada suelto. Y luego he buscado mi reloj.

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Estoy categóricamente convencido de una cosa, aunque da para larga tertulia: la sensibilidad del público con los enunciados de humor negro, sea burdo o elegante, de tintes machistas, homófobos, racistas, feministas, sociales, humanitarios, etc, la excitabilidad e impresionabilidad del lector va en función del redactor. Muchas veces no nos sensibiliza el texto, nos sensibiliza el emisor. Todo es escrúpulo, todo es prejuicio. El pasaje, lo escrito, es lo de menos.

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¿Qué os pasa? ¿Por qué de repente os caéis mal a muro abierto, y os insultáis directamente a la cara, en Facebook? ¿Dónde han quedado la hipocresía, los chismes, el agravio velado? Respetad la tradiciones de los países civilizados.

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Ayer tuve un cumpleaños en una casa, cerca de Castellana. Un cumpleaños bonito, querido, de una persona que aprecio, con mucho jamón ibérico, mucha birra fría y mucho vino. Vale, hasta ahí bien. Lo pasamos de lujo. Ok, vale, voy. Serían las dos de la mañana cuando prácticamente decidí quedarme a dormir en el sofá de esa casa, un diván, un canapé de emir de Arabia Saudí. Me dije: no puedo dejar pasar esta oportunidad, hay trenes que solo pasan una vez en la vida. A las siete de la mañana me he despertado en ese sofá y he bajado a coger un taxi para irme a mi casa a dormir un poco más y ducharme. Lo malo de los taxis es que dentro llevan un taxista, y es lo que ahora te voy a contar. Además, con mampara, qué hijo de puta.


– Hola, buenos días
– Dónde vas?
– Hortaleza, 72, tenga en cuenta que hace esquina con Hernán Cortés, y Hernán Cortés está cortado por obras.
– Qué, de fiesta?
– Bueno, no, de dormir
– Seguro que vienes de la cama de una tía, je je je
– (Silencio)
– Nada como la cama de una tía
– (Silencio)
– Follar
– (Silencio)
– Follar
– (Silencio) Mi introspección piensa follar, follar y volver a follar, diría Luis Aragonés
– Follar.

Luego no sé muy bien lo que dice porque habla mucho, muchísimo, no para, y desconecto. Intervengo para recordarle que Hernán Cortés está cortado cuando el taxi va por la calle Almagro.

– Nada como la cama de una tía – dice otra vez el tipo
– (Silencio)
– Anda la hostia, si Hernán Cortés está cortado
– Se lo dije antes. Déjeme aquí por favor.
– Si quieres, doy una vuelta
– Pare por favor
– Diez con cincuenta, y todavía me queda hasta la una.
– (Silencio: Era un Skoda Octavia, todos los que llevan un Skoda Octavia son unos cabrones, suele pasar. Viva Uber, déjame en paz, muérete)

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Uno de los mejores olores de mi vida lo percibí en un jardín de Taormina, mirando el mar, al lado de unas chicas que olían a cítricos, tabaco rubio, agua de colonia y rebosante juventud (lo recuerdo perfectamente, por algo escribo mis mierdas y novelitas) pero tampoco te digo que fuera la perfección, la equilibrada fragancia de un evento literario de Madrid o la suave miscelánea de manzanas verdes, el bálsamo fresco de una caseta de la Feria del Libro.

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Hay un post bastante relevante en Facebook. El post de “echar la mierda que no dices en la calle a las personas que conoces” o “defender violentamente una situación”. A mí me parecen muy, muy divertidos. Sus posts son como cenar fabada, brownie y churros con chocolate, una vehemencia, un estrépito sin control. No puedes comentar nada porque te dicen: “a ti nadie te ha pedido opinión”, “mi muro es mi casa y digo lo que me da la gana”, “solo intervienes para molestar, no lo entiendo” , “bloquearé a todo aquel que discrepe”, “¿a ti quién te ha dado vela en este entierro?”. Es irrebatible y manifiesto que este tipo de comentarios los definen como diarreicos, cagadores profesionales. Y me pregunto yo “Si ya has odiado y jiñado a través del post general, por qué razón después sigues odiando a los comentaristas?”. Igual eres tú, no soy yo ¿Solo tienes un registro? Visualizad, queridos.

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-Que tenga una buena estancia en la Feria del Libro. Le dejo la revista con nuestro catálogo. Romántica, terror, thriller, metaliteratura, poesía ¿Desea alguna cosa?
-Una cerveza.

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Hace tiempo tuve la genial idea de ir a caminar por una montaña, Navacerrada, con una amigos, que tan amigos no serían si proponen esta delirante, bochornosa y humillante aventura. Después de dejarme un pulmón, medio corazón, los riñones y todas las uñas de los pies en este esfuerzo, esta cosa que a ellos les divierte, cuando llegué a la cima se me ocurrió preguntar: “¿Y ahora qué?”. Supongo que sabéis qué me contestó el gran cuñado del grupo: “Ahora toca bajar, jejeje”. Yo por supuesto susurré “Hijos de puta”. Hoy me han metido en un grupo de Whatsapp que se llamaba “Excursión Sunday Veranito Monte”. Antes de salir del grupo he dejado mi rúbrica: “Más tontos y nacéis persiana”

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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