Ediciones Demenciales, de Javier Divisa

Ediciones Demenciales, de Javier Divisa

Justo hace una semana estuve en una cena en la que sufrí un interrogatorio por parte de una pareja. Justo hace una semana alguien dio el soplo, me delató como tío que tenía escritas algunas novelitas. Justo hace una puta semana me preguntaron cosas como ¿Por qué escribes? ¿En qué te basas para escribir? ¿En quién te inspiras para escribir? ¿Desde cuándo escribes? Justo hace una maldita semana, yo tenía un hambre demencial y el lomo alto de vaca me miraba a mí y yo le miraba a él, el vino también me hacía ojitos y mi interacción preferida eran los productos de la mesa. Justo hace una jodida semana, yo era consciente de que nunca he sabido contestar esas preguntas correctamente, pero sobre todo era consciente de que había que ser muy hijo de puta y muy malísima persona porque, queridos, y aquí va el tema pérfido y cruel, esas preguntas me las estaban haciendo en inglés (ellos eran hindúes), y asumí el riesgo de decir cuántas veces fuera necesario “the wine is wonderful, guys” y “talk about you, son of a bitch”. Fuck off.
(Modifico el post, porque recuerdo ahora un matiz importante, hubo un momento en el que el tipo se quitó las gafas, se acarició la barbilla y preguntó severamente ¿Qué es la literatura? Ahí os prometo, mi introspección tuvo una respuesta evidente, clarísima: la literatura es tu puta madre)

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Hay mucha gente forzando la retórica a tope, haciendo malabares con las palabras, dando rodeos increíbles al escribir; y paradójicamente lo hacen casi siempre para esquivar las medias tintas, los grises, para intentar hacernos creer que con un lema basta. El eslogan es blanco y/o negro. Hay muchas formas aparentemente sofisticadas de decir que sólo hay buenos y malos. En Facebook la mayoría de veces no podemos mantener un debate productivo porque no somos capaces de ser honestos con nosotros mismos; cómo cojones entonces lo vas a ser con el otro. En mi caso parto de una base desde mi frivolidad, mi veleidad, mi esnobismo contraproducente; yo tengo gente en Facebook (y para mí se lo han ganado ellos con su trayectoria) que digan lo que digan, estaré con ellos, o de otra manera más fácil, y sin retórica ni magnificencia, me interesan más las personas que sus ideas.

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En mi mesa de noche, entre viejas revistas porno y calendarios de tías en bolas, yo escondía El Principito, para que no lo viera nadie.

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Hay gente que siempre está en una “etapa de su vida que…”, no como yo que vivo en un sarcófago medieval.

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Estoy jugando a una cosa muy interesante que es aguantarme a contar que el análisis médico me ha salido a “haz lo que te salga de las pelotas, chaval, aquí no vengas más” y me ha parecido infinitamente dolorosa la cara de la doctora por tener que dar tan buenas noticias y corroborar mi ser inmortal e indefectible. Sabiendo ya, que podría vivir perfectamente 147 años, porque los resultados son tan prodigiosos, casi de que el prójimo tenga ganas de matarme, diría: (y yo casi que entendería mi asesinato) no sé si comer con aguardiente, ginebra o heroína.

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Habéis tocado techo, aliados. Os dimos una oportunidad, pero ya está bien. Se acabaron las rebajas. Asumamos que un hombre que necesita identificarse TODO EL DÍA como feminista es lo menos feminista que puede haber en el mundo. Punto. Y ahora voy a decir algo de malísima persona: menos feminismo de post y más tratar con empatía y respeto a las chicas en la vida real, incluso a las que tienen el pelo azul, un colgante tribal, son brujita84 en Messenger y las enanas que tienen pinta de contratar sicarios.

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He pedido café con churros por puro impacto visual, después de unos 7500 días sin hacerlo, y sólo puedo aseverar que son una masa infame para malísimas personas y que la gente con tostadas de aceite y tomate miran con superioridad a la clientela de los churros, y hacen bien. Solo me salvaguarda una escena de esta humillación: una familia que está escribiendo su propia tragedia; comen porras y dicen que están buenas los hijos de puta. Muy mal les ha tenido que tratar la vida.

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Esta mañana como es habitual no tenía leche. He salido a comprarla con pantalón de pijama, espardeñas, pelo alborotado, sudadera y abrigo. Ese aspecto de superhéroe en el que se te cruzan de acera los que vienen del After, y el rumano del gorrito de lana te mira mosqueado porque eres su competencia en la indigencia. Ese momento en el que la china te dice “otra vez tú no tiene leche” y al salir decides llevarla en la mano, sin bolsa, y te abres el abrigo, y se ve una infantil sudadera de anclas de 1986, y la aureola del snob contraproducente cobra sentido total.

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Me está pasando una cosa espeluznante, tristísima y tremendamente demencial, casi peor que la paella insurgente, pero con muchísimo potencial Facebook. Cuando se pase y sobreviva, recordad que os quise. Acabo de verter un litro de Fairy al suelo y por supuesto que he pensado “bah, la fregona es maravillosa para esto y además va a oler bien la cocina” pero lo que he hecho es crear la puta fiesta de la espuma en mi casa (casi me pongo un cubata), así que he puesto servilletas de papel por el suelo y ha quedado más bonito que vuestras jodidas acuarelas. Estoy llevando espuma de un lado a otro con los dedos, ahora entiendo vuestras terapias de manualidades. Las servilletas están pegadas al suelo, el escenario ha quedado precioso, tanto que lo voy a dejar así y procedo a abrirme una cerveza, asumo que soy un snob contraproducente y que la gente del Viento Inmóvil me ha puesto velas negras. Ah, nuevo problema, el fregadero no traga. No pasa nada; me voy a bañar. Ciao.
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Claro que estoy a favor del matrimonio homosexual, la educación y sanidad pública, el aborto, la eutanasia, la libertad de opinión y expresión. También, a favor del mestizaje y el éxodo de razas, incluso a favor de que haya gilipollas que impongan el veganismo a sus hijos y/o les llamen Jonathan León o Kevin Manuel. También en pro del horror de las putas pulseras de los incas y los collares étnicos con flecos. Soy adverso a los nacionalismos (de cualquier clase) y el patriotismo de manera genérica. Las liturgias, las ceremonias ésas tan raras me parecen tan excéntricas como lunáticas y la Internacional con el puño en alto y el Cara al Sol, lo va a cantar su puta madre. Me das un pañuelo palestino, una plaza moderna convertida en espacio lúdico (ay Gallardón), un tatuaje del Che Guevara, una pulsera de España, un pendiente de Arnaldo Otegi o una medalla de la Virgen del Rocío y me produces una apatía de la hostia. También te digo que un tío con palestina y medalla rociera puede merecer guillotina, y debería tenerla en proceso lento de ejecución. Las cosas, en armonía. Si eres rociero, lleva la mejor  gomina del mercado y sé gordo. Si tienes una palestina, lávate lo imprescindible y sé flaco. Palestina y gordo es como lo de gordo y moderno (No se puede). Cada vez que escucho “qué look más divertido”, tiemblo de puro pavor, y pienso que Desigual y Skunfunk terminarán cotizando en bolsa gracias a la izquierda radical. Creo que la auténtica sublevación es la individualidad, y no la gran caterva. Pues esta era mi reflexión frívola y banal (pura introspectiva, realmente hablábamos bien tirando a bastante mal de personas conocidas y desconocidas) de ayer a estas horas con Gonza en Casa Baranda. Y que cualquiera se hace subversivo con la colección de cervezas checas que nos iba sacando el tabernero y dos camareras medio chinas con la oreja pegada. No tengo un abuelo rojo ni otro facha; ni soy votante de Ciudadanos: no juego al Candy Crush, no tengo cuenta ING Direct y no me gusta el motociclismo ni el Real Madrid.
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– Soy poeta de Facebook y sobre todo feminista.
– Jajaja. Ya, también. ¿Cómo apoyas al feminismo?
– Comparto noticias de malos tratos, escribo “ni una más”, lazo morado, apoyo a Juana, de todo, lloro, agredo, estimo y decido qué puede ser humor, lo típico. Si se pasan digo cosas como “eres la peor mierda que ha podido cagar una madre” ¿Y tú?
– Soy abogado defensor de la mujer, llevo casos de violencia de género, explotación sexual y convenios colectivos en fábricas de textil, pero hago chistes de lo que me sale del rabo.
– Bah, tú ni eres feminista ni ná, puto personaje.
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¿Os imagináis Facebook en la vida real? Todo el mundo en un plaza gritando cosas a bebés, gatos, viejas, señoras de mediana edad, etcétera, uno que se le ha perdido su perro, otro que le firmes un change.org para la recuperación de la Foca Monje, muchos opinando gilipolleces, hablando alto de mierdas, un poeta de Facebook gritando “amanecer dorado” y “beber de tu boca”, “viento inmóvil”, un tío preparando gintonics con lechuga, pimienta negra, frambuesa y madera de roble canadiense, otro cafés con hojas de nata, abuelos riéndose fuerte, personas diciendo que se van de la plaza por una temporada, gracias por todo, y la gente diciendo “me gusta”, “me divierte”, “no permito que hables en esos términos de Gloria Fuertes”, voceando comentarios. Una señora histérica gritando Parfavar. Veinte o treinta diciendo todo el rato: qué largo se me está haciendo 2018. 50 tíos calvos con barba descalzos con un mojito en la mano y una camisa ibicenca: pasándolo mal. Sería el puto infierno, pero TAN divertido.
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Y en el súmmum total del culmen del top de malísimas personas, la trilogía que siempre va unida: el Yorkshire terrier, el bolso de Tous y la señora con manoletinas.
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Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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