Confiar en un fraude

Confiar en un fraude

Pretender igualar, no ya superar, la magia de la mejor película infantil de todos los tiempos es un reto osado. Es lo que ha tratado de hacer Sam Raimi con su “precuela” (o por mejor decir, antecedente narrativo) de El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939).

La película de Fleming, que todos nosotros disfrutamos cuando éramos niños mediante sucesivas reposiciones y pases televisivos, constituye un emblema de la cultura cinematográfica norteamericana, tan sustancial como ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946). Pero mientras la segunda es un hermoso canto a la apertura, la solidaridad, la buena voluntad y la cooperación entre vecinos –dimanada del espíritu demócrata del New Deal-, la primera es la proclamación del individualismo y de la confianza en uno mismo para solucionar cualquier problema. Recordemos: una frágil niña crédula e ingenua, Dorita, llega a la misteriosa tierra de Oz, donde topa con tres curiosos personajes faltos de algo esencial: cerebro para el espantapájaros, sentimiento para el hombre del pecho de hojalata, valor para el león. El enfrentamiento con una perversa bruja y la ladina intervención de un charlatán de feria les va a demostrar lo lejos que puede llegar la voluntad propia. Solo es preciso descubrir el potencial que se lleva dentro. Dorita, por ejemplo, siempre ha podido regresar a casa; le hubiera bastado con entrechocar los chapines y repetirse: “No hay ningún lugar mejor que el hogar”.

El mago de Oz

Dorita con sus curiosos compañeros de aventura

El mensaje es estupendo, porque ahorra muchas sesiones de psicoterapia. El falso mago de Oz –un adivino charlatán que vaga con su carro por los pueblos—es una alegoría de la religión. La gente necesita creer en algo, aunque se trate de un fraude. No importa, si tal engaño les hace un bien y son capaces de enfrentarse a sus dificultades –reales o imaginarias—y derrotarlas. Además no hay mal que por bien no venga: esos dichosos tornados que todos los años azotan el sur de los Estados Unidos, pueden transportarnos a un mundo virtual, un lugar sobre el arcoíris, inundado de luz y de cegador cromatismo. Dorita se ha dado un buen golpe en la cabeza y sueña con aquel mundo. Los personajes que pululan por la granja de sus tíos la acompañan. Se pasa de una primera parte breve en blanco y negro, al fascinante tecnicolor irrepetible de la MGM, marca de la casa.

Victor Fleming, amigo de Clark Gable, de los coches de competición y de las motos de alta cilindrada, era un tipo curtido y duro. Nadie pensaría en él como el director ideal para una película infantil. Se le requería además para sacar a flote otro proyecto muy comprometido, Lo que el viento se llevó, que estaba siendo orquestado por su productor David O’Selznick y por los directores George Cukor y Sam Wood. A Gable, que hacía el papel del indiscutido galán Rhett Butler, la realización de Cukor le parecía feble y excesivamente volcada en el toque femenino del relato. Pidió a gritos que lo sustituyera su camarada Fleming, y así se obró. La película ganó enteros, aunque todos los realizadores que pasaron por el plató pusieron su alma en ella. Selznick sabía muy bien lo que quería conseguir y lo logró: su obra ha quedado como la cima señera de la producción cinematográfica del sistema de estudios. Lo que el viento se llevó es el sueño de un hombre. Un esfuerzo de cuatro años, titánico, vampírico, homérico. Y la película de una mujer, una portentosa actriz llamada Vivien Leigh, encarnación majestuosa de la heroína sureña romántica, Escarlata O’Hara.

Victor Fleming, circa 1933. Courtesy Photofest.

Fleming, el director de El mago de Oz (1939)

Pero Fleming también se tomó muy en serio la dirección de El mago de Oz. No en vano, esta cinta era el proyecto más costoso de la Metro en los últimos quince años. La Fox declinó prestar a su estrella, la prodigiosa y deslumbrante Shirley Temple, y hubo entonces que recurrir a Judy Garland, también muchacha prodigio de diecisiete años y maravillosa cantante. Se le puso una faja para ocultar los incipientes senos y se le dejó que cantara el tema principal de la banda sonora,  Over the Rainbow, la melodía que espantaba a Louis B. Mayer, pero que, como las diosas, ha vencido al tiempo y que han tarareado generaciones de niños. Fleming demostró su elevada eficacia para las producciones familiares en 1934, con la espléndida versión de La isla del tesoro, con guion de John Lee Mahin, y Wallace Beery y Jackie Cooper como intérpretes estelares.

El mago de Oz era uno de los meritorios proyectos del joven genio de la Metro, Irving Thalberg, especializado en adaptaciones de clásicos literarios. Sin embargo, su repentina muerte de un infarto en 1936 lo tuvo aparcado, hasta que Mayer decidió ponerlo en marcha. Se confió la producción a Mervyn LeRoy, y la dirección a Richard Thorpe, un artesano del cine de aventuras. Arthur Freed, el gran mecenas del cine musical, actuó como productor asociado (no acreditado). Después de doce días de rodaje, se acordó pararlo y desechar todas las tomas. Se las veía sosas y carentes de la fascinación de un cuento de hadas. Hubo que volver a empezar, ya bajo la batuta de Fleming y tras ligeros retoques de guion. Entre medias, George Cukor estuvo tres días dirigiendo las pruebas de maquillaje de Judy. Fleming se pasó cuatro meses dirigiendo la película, pero se marchó al estudio de Selznick sin terminarla, labor que se encomendó a King Vidor, encargado de rodar las secuencias de inicio en blanco y negro en tan solo diez días.BuddyEbsen, el hombre de hojalata, fue también reemplazado por su alergia al polvo de aluminio que recubría su faz. Lo sustituyó Jack Haley. Alguna de las estupendas secuencias de baile protagonizadas por RayBolger (el espantapájaros) fueron aligeradas o cortadas, para reducir metraje. Se han recuperado en la edición conmemorativa en DVD. RayBolger, un actor larguirucho y con cara de acelga, era un soberbio bailarín; uno de los mejores y más completos de la casa, y podría rivalizar con Donald O’Connor y Gene Kelly, que vinieron después.

Los actores Jack Haley y BertLahr (el león cobardica) pusieron, así mismo, su granito de arena al improvisar algunos diálogos. El filme de Fleming contó con doce guionistas más, no acreditados. La versión más o menos definitiva, que sirvió para el rodaje, se debió a Noel Langley, Florence Ryerson y Edgar Allan Woolf. Langley fue quien se ocupó de adaptar la novela original de L. Frank Baum.

Mago de Oz, bruja del Oeste

Margaret Hamilton dio vida a la malévola bruja del oeste

En el numeroso reparto destacaron igualmente las “brujas”, tanto Margaret Hamilton –la malévola bruja del oeste y la señorita Gulch-, como BillieBurke, una actriz circense, quien dio vida a la deslumbrante Glinda, el hada buena del sur. Hamilton también tuvo problemas con su tintura verde, y sufrió quemaduras en sus apariciones con fuego. La bruja del Oeste fue el papel de su vida, pues abandonó muy pronto el cine para pasarse a la televisión. Murió en 1985. En cuanto a BillieBurke, volvimos a soñarla dos décadas más tarde, como la chismosa y marimandona Cordelia de El sargento negro (John Ford, 1960).

Frank Morgan interpretó a un bonachón y muy paternal profesor Marvel, luego el mago de Oz en la parte en color. Morgan murió pronto, en 1949, a los cincuenta y nueve años. Era un hombre jovial y generoso, muy conservador, regatista de yates, que nos dejó la semblanza de un pusilánime Luis XIII en el filme de George Sidney Los tres mosqueteros (1948).

Oz, un mundo de fantasía

El reparto principal de Oz, un mundo de fantasía (2013)

Oz, un mundo de fantasía (Oz the Great and Powerful, Sam Raimi, 2013) no es un musical y se resiente de ello. Porque, respecto al filme original de Fleming, la ausencia de canciones y de bailes le resta mucho encanto. La banda sonora creada por Harold Arlen (música) y E. Y. Harburg (letra) contribuyó poderosamente a trasladar al público a ese mundo sobre las nubes y a colmar de alegría los corazones. La película de 1939 no sería la misma sin su coreografía, ideada por el gran Busby Berkeley.

El filme de Raimi –producido por Disney– se abre como su “continuación”: con exteriores de Kansas fingidos en estudio mediante dioramas y tonos azules y sepia suavizados. Se ha tenido mucho cuidado en igualar la composición ambiental propia de una película de los años treinta, cuya acción se remonta a 1905. La cinematografía y dirección artística es lo mejor del resultado final, y se debe al talento de Peter Deming (en la óptica) y de John Lord Booth III, Andrew L. Jones, IainMcFadyen, Meghan C. Rogers, y Nancy Haigh (decorados). Realmente, el equipo artístico consigue levantar unos fondos de un colorido y una nitidez espléndidos, así como devolver a la vida la Ciudad Esmeralda, el campo de amapolas, el bosque tenebroso y el camino de baldosas amarillas que se veían en la cinta de la Metro. La música de Danny Elfman es digna acompañante de James Franco, Oz, trasladado al misterioso emporio cómo no, merced a un tornado que arrastra y deshace su globo. Allí se topa con la gentil damisela Teodora (MilaKunis), cuyos ojos almendrados le conducen hasta la Ciudad Esmeralda. Teodora vive con su ambiciosa hermana Evanora (Rachel Weisz). Evanora convence a Oz para que destruya a la “malvada”Glinda (Michelle Williams). Pero, en realidad, es Evanora la que debe ser desenmascarada, y a ello se empeñan Oz y Glinda. Oz, mago de pacotilla, es sin embargo un ilusionista de primera, y aplica sus trucos para deslumbrar a los habitantes de aquel país y combatir el mal. De nuevo la fórmula funciona: creer en humo motiva y encandila el espíritu.

Esta vez no aparece el trío amigo de Dorita, y sí una maravillosa creación genuina: una delicada muñequita de porcelana a la que Oz arregla las piernas con cola y que le sigue en su aventura. La jovencísima actriz Joey King le presta su voz y le da vida. La fragilidad de esta pequeña despierta la emotividad de los espectadores en varias de las escenas y es de lo mejor conseguido del filme.

Michelle Williams en Oz un mundo de fantasía

Michelle Williams es la nueva hada buena en Oz, un mundo de fantasía (2013)

Las interpretaciones de los cuatro protagonistas son adecuadas. Especialmente meritoria la de Michelle Williams como el hada buena Glinda (la maravillosa BillieBurke en 1939). También MilaKunis remeda bastante bien el gesto hosco y la risotada agresiva de Margaret Hamilton como bruja del oeste. Williams puede tener un gran futuro como actriz, pues ya demostró su innato talento al encarnar a Marilyn Monroe en Mi semana con Marilyn (2011). Esta joven intérprete de Montana nos recuerda a Shirley Jones: la “niña buena” que cuando no parece mala es aún mejor.

De esta fantasía Disney (incansable combatiente por resucitar el sabor añejo de los años dorados) se echan de menos los famosos Munchkins, los 124 enanos con cara de bebés contratados para la película de 1939. El último de ellos, Karl Slover, falleció en noviembre de 2011 a los noventa y tres años en un hospital de Atlanta. Slover tocaba la trompeta en la banda de enanos que agasaja a Dorita. Se ha contado con personas bajitas para esta “precuela”, pero sus caracterizaciones no poseen la simpatía ni la voz aguda y ratonil de los primeros.

Oz, un mundo de fantasía es una sólida apuesta de Disney por recobrar el encanto nostálgico del filme de la Metro. Y un sublime entretenimiento para toda la familia, si nos olvidamos de su inimitable antecedente.

 

*Antonio Ángel Usábel es Doctor en Literatura Hispanoamericana, especializado en novela histórica, por la Universidad Autónima de Madrid, profesor agregado de I.E.S. en la Comunidad de Madrid. Para leer más artículos del autor en  Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, y en Contraplano, su blog dedicado al cine.

Autor

Doctor en Literatura Hispanoamericana, especializado en novela histórica, por la Universidad Autónoma de Madrid y profesor agregado de I.E.S. en la Comunidad de Madrid. Escribe en Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, así como en Contraplano, su blog dedicado al cine.

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