Carta abierta a Tarzán

Carta abierta a Tarzán

Querido Tarzán de la selva:

Hoy me desperté de madrugada, ya al filo del amanecer, y sentí tu presencia en mi habitación. Llegabas sigiloso como un guepardo y tenso como un jaguar, pleno de vitalidad y pletórico. Pero pasaste al lado del cabecero de mi cama y desapareciste.

Me quedé en un duermevela entretejido de lianas y hojarasca, como si mi lecho estuviera hecho de elementos vegetales y situado a considerable altura, en la copa de un árbol de buen tamaño de la selva soñada más próxima.

A mi alrededor se levantaban rumores extraños, murmullos y trepidaciones que hacían que mi permanencia en el lecho fuera aún más azarosa. Me mantuve en la misma postura una eternidad por miedo a que si la cambiaba desapareciese en el aire ese cúmulo de sensaciones.

Tú no volviste.

Sí, Tarzán, eres el guardián de mis sueños cuando se transforman, todavía a estas alturas de mi vida, en sueños infantiles, mecidos por el aire perfumado y vaporoso de las vaharadas selváticas que en cualquier caletre de niño pueden anidar.

Los niños permanecemos agazapados en la vida de los adultos por mucho tiempo, quizá durante toda la vida y salimos a pasear con frecuencia confusos y derrotados de antemano por la palmaria superioridad intelectual e incluso moral de nuestros guardianes de más edad.

Tú, Tarzán, eres un niño como nosotros, sólo que con los ropajes corporales del adulto estás todavía más fuera de lugar que nosotros, pobres niños grandes. Tu vida transcurre íntegra en el territorio que a los demás nos está vedado durante el día y sólo algunas noches emerge victorioso.

Con pírrica victoria, se diría. Porque estamos derrotados de antemano, y eso por el intermedio de seres como tú. Sí, porque al cabo somos adultos y sabemos que tú eres una rémora que nos arrastra sin fin y sin tregua a la noche de los sentimientos y las tentaciones de los niños.

Tarzán, por tu culpa y la de tantos otros como tú, residimos aún hoy en el pasado de nuestras vidas y soñamos no hacia el futuro sino hacia territorios que hollamos mucho tiempo atrás.

Yo sé por qué el hombre no ha conquistado el espacio y es por culpa tuya, Tarzán, y de los tuyos. Tu vida, Johnny Weissmüller, se ha vuelto perenne y ha perennizado nuestros anhelos más profundos, preparándonos de cuando en cuando una cama mullida en la copa de un árbol.

¿Y sabes qué, Tarzán? Lo peor de todo es que dudamos, no sabemos qué es lo mejor para el cuidado de nuestros sueños y de nuestros anhelos, si dejar que tu figura elástica nos siga rozando de pasada o clavarte por fin ese puñal de obsidiana que nos obsequiaste una vez, durante una de tus cacerías.

¿Pero, matar o morir no es acaso el dilema que te constituye, tu dilema fundamental?

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Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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