Bukowski, sus Mierdas y (Mujeres).

Bukowski, sus Mierdas y (Mujeres).

Follar, coño, polla, vómito, mierda. Y además con permanencia; el mood canalla. Qué fuerte tía, flipo. Heavy.

Bukowski y sus mierdas. Bukowski y su público, todos los fans de los Ramones y Lou Reed que nacieron en 1990, todos los putos hijos del rock and roll de Miguel Ríos y todas las niñas de 19 años que están muy guapas metidas ellas en esas bragas que llaman shorts. Bukowski y sus putas, y sus paranoias, y sus resacas de boda de gitanos. Bukowski es ese indie malasañero cuando deja de ponerse tontorrón y su reverso indómito y antropófago es una canción que dice coño, borracho y follar. El problema es que es mucho más.

Las evidencias de Bukowski. Sí, se pillaba unas borracheras de fontanero ucraniano, escribía cagando, era un exhibicionista, tan obsesivo como efectista, tan borracho como auténtico, y sí, vale, maldito. Nihilista. Bukowski no era soberbio pero sí era honesto en su pantano de sicalipsis y alcohol. Y de fango, iba bien servido. Esa bohemia que nos gusta cuando no se mea en nuestro portal y el rostro rojo langosta americana tampoco nos pertenece. Ni el vómito con trocitos de kebab y rojo Cumbre de Gredos. En el teatro, en casa, con Veuve Cliqcuot, calefacción a 27 grados, todos divinos, estupendos de la muerte. Bukowski era la hostia. Ahí sí.

Daba asco, pero no daba asco. No era nausea. La antipatía, también lejos. Llegó a ser lo que ustedes consideran una mierda pinchada en un palo. Era ese borracho ausente de la Plaza de Santa Ana, y ese mendigo polaco que acampa en la ladera verde del Palacio Real, pero nunca fue un hijo de puta lamiendo bálanos metafóricos en un sarao de Barcelona, principalmente porque a él sí le gustaba escribir y tenía las dos premisas fundamentales, las únicas: raza y talento.

bukowski(Hoy es muy subversivo tener amigos que salen en la 2, y conseguir, conseguir la puta financiación estatal para cambiar, para crear, para ser, pero mola más Charles, y el whisky, y la franqueza, y la liberación, y sus mierdas, aunque si me das 1.300 per month te digo: Sí. No Blowjobs).

Hubo un tiempo en el que no había wifi, ni facebook, ni fotos de gatitos, ni follagatos. The Times They Are a-Changin. Muy bien Bob, pero siempre hay un valor seguro en los borrachos y las locas del coño. Ahora, y cuando Marco Antonio y Cleopatra se lubricaban. Los chavales, que son muy malditos.

No sé muy bien cuándo vi por primera vez a Lydia Vance. Fue hace cerca de 6 años y yo acababa de dejar un trabajo de doce años como empleado de correos para hacerme escritor. Estaba aterrorizado y bebía más que nunca. Intentaba escribir mi primera novela. Me bebía una botella de whisky y una docena de cervezas cada noche mientras escribía. Fumaba puros baratos y le pegaba a la máquina de escribir y escuchaba música clásica en la radio hasta que amanecía.

Mujeres es igual de bucólica que una cabra con una gitana rumana inside. La novela es una carrera de desengaños. Se vislumbran las carencias previas, la incapacidad para el cariño, las hostias, la vida, los fetiches, la calle, la capacidad de joder (de las dos maneras), las botellas, los cristales rotos, la gran resaca. Bukowski es Henry Chinaski .

De polvo a polvo y tiro porque me toca:

Volví a vomitar otro chorro en el seto de un jardín. 


– ¿ Sabes cómo se les llama a los tipos como tú ? – dijo Lydia.

– No

– Se les llama aguafiestas. 


El viejo me recuerda a esos gordos felices, esos gordos que dicen que son felices una y otra y otra vez. Mira, soy gordo y feliz, qué bien. Soy gordo y feliz. Eh, que soy gordo y feliz. Sí se puede. Gordo y feliz. Mirar la vida con la belleza interior. Es decir, Bukowski me recuerda a las gordas de telecinco. Cada página es un: soy un fracasado connatural. Eh, soy un puto derrotado. Molo.  Hay una analogía en la reincidencia. Aunque el viejo ahora tiene dinero y mujeres, que igual salen detrás del estrado de un recital de poesía que del verbo de unos papeles impúdicos. Entonces la abstinencia le llama por teléfono y se lo deja claro: quiérelas, folla a todas.

Había una carta de un joven de Glendale. ” Querido señor Chinaski: Soy un joven escritor y creo que soy bueno, pero siempre me devuelven mis poemas. ¿Cómo entra uno en este juego? ¿Cuál es su secreto? ¿Quién se lo ha enseñado? Admiro mucho sus escritos y me gustaría pasarme por su casa y conversar con usted. Llevaría unos paquetes de cervezas y podríamos charlar. También me gustaría leerle algunos de mis poemas … “.

El pobre gilipollas no tenía coño. Tiré su carta a la papelera.

Y un trasfondo de: Conócete y saca a todas estas mujeres en tus libros. Y el alcohol, para Bukowski, pues igual que la promo del Atleti. Me mata, me da la vida.

Dejé el teléfono. Pensé en Sara. Pero Sara y yo no estábamos casados. Un hombre tenía sus derechos. Yo era un escritor. Era un viejo indecente. Las relaciones humanas nunca solían funcionar. Sólo las dos primeras semanas tenían algo electrizante, luego los participantes perdían el interés. Las máscaras caían y la realidad aparecía: dementes, imbéciles, chiflados, rencorosos, sádicos, asesinos. 


Lo más que podía uno esperar de una relación, decidí, eran dos años y medio como máximo. El rey Mongut de Siam tenía 9.000 esposas y concubinas; el rey Salomón del Antiguo Testamento tenía 700 esposas; Augusto el fuerte de Sajonia tenía 365 mujeres, una para cada día del año. Sanidad en números. 


Tienes 22 años y te llamas Carlos. En facebook has hecho una composición. Eres Charles Chinaski y eres un flipado.

Has leído Factótum, Mujeres, Pulp y La Máquina de Follar. Te gusta: derrotado y con talento. La estrella del perdedor. Una especie de Disney Sicalíptico. Llámalo drinkin-fuckin. Antes solo era drinkin; del bar ése cutre de tu pueblo. Sí, muy de Vilas el puto bar, de morirse de asco. Pero el éxito lo cambia todo. Llegas a casa. Esa camiseta blanca de tirantes es perfecta para el pack 12 de mahou. Dale, con tres y media empiezas a escribir; justo cuando te empiezas a sentir hijo de puta; tecleas como un cabrón antisistema el ordenador. La burocracia … Tú no  estás en ese tren de mediocres. Papá sí y su dinero, y el tuyo. Escribe, fuma, bebe, tose, ahueca el culo. Venga, también te mola el flirteo con la soledad. Tu héroe gana en el fango, estás quemando coches y las putas llevan pistola y mascan chicle en los taludes de las calles. Dicen encanto, completo 10. Sudas. Sales a la terraza. A todo volumen, un disco de The Pogues. La gente mira hacia arriba, y mamá viene de Tous. El mismo gesto de siempre: tu futuro y su pelo. Tío, no es 1.984, no eres Bukowski; dúchate, vete a comprar el puto pan; hay un error de lugar y fecha; de talento. Magdalena te está esperando en el Starbucks y tu vida es igual de maldita que la de David Civera en su club de fans de Moralzarzal. Dile que la quiero y deja esas mierdas.

Único significa que no hay más. Solo en su especie. En su mierda.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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