Arenas movedizas, de Henning Mankell

Arenas movedizas, de Henning Mankell

978849066138Al cáncer lo llaman cáncer por no llamarlo carcinoma o neoplasia, para ser menos científico y más humano, pero el cáncer es Ilona Staller (Cicciolina) en sus buenos tiempos. El cáncer te desnuda y te folla. Hay poco más. La vida de atrás, tu infancia, tu abuela, tu ex mujer y tu madre. El cáncer es un pretérito imperfecto.  Un puzzle, una novela. Steak tartare de salmón con aguacate y nightmare de arenas movedizas.

La novela entra en tinieblas tan categóricas y universales como morirse. Igual es todo un homenaje-túnel de casi 400 páginas, y es otra novela solidaria con la mercadería “literatura de exequias”, de infancia, de revelaciones, de aventuras, de países. El hielo, la energía nuclear, la supervivencia.  En cambio, el duelo y la muerte de Mankell me tan tocado las entretelas, esa cosa que hacéis en el café con leche y Facebook y llamáis corazón. Mi hobby no es: emocionarme con libros. Pues mira, ahora sí. Adivino que el impacto tiene nexo con la autopista hacia la muerte que puede suponer el cáncer y el valor testimonial de la  novela de un escritor que murió en la agonía de la última palabra de Arenas movedizas.

El dolor, la muerte, el cáncer; hay que tener muchos huevos para recurrir a la literatura. De gigantes. El cáncer acredita muchos hospitales, muchos recuerdos de mujeres bellas, viajes, teatros en lugares de mala muerte, camareros fatigados y viejos de Salamanca. La batalla del dolor justifica la medicina y la terapia, y escribir una novela es la abisal manera clavar la daga. El escritor publica su apología, su loor de cercanía a la mortalidad, su epitafio, y ¿por qué Mankell cree que vamos a leer su vida y mostrar interés por la tragedia de palmar con 67 años? Primero: no hay empalago ni arrogancia. Segundo: literatura de altos vuelos. No nos jode con heroína, vómitos y poesía, vaya por delante. Es posible que los libros de velatorio y memorias tengan más corazón que literatura por la advertencia del sentimentalismo con esos momentos crítico-decisivos de la vida, tal vez cuando murió aquella pobre muchacha de SIDA, acabó la guerra en un teatro de Maputo o morían  bajo el hielo los muchachos de una escuela de Suecia, y es posible que haya cierta incomodidad hijoputativa en el crítico por si nos viene un ataque de fraternidad y amiguismo, si bien mi caso es solidario y erotizado (el libro me pone). Valga el paradigma, Literatura y derechos sociales suelen tener nefasta convivencia. Literatura y memoria, a menudo igual. Con Mankell no he discutido mucho.

Todo tuyo, Henning.

Recuerdo la primera vez que la vi, tres años atrás. Tenía catorce años. Ya entonces era preciosa.

Ahora ya no lo era. Estaba escuálida. Tenía la cara cubierta de úlceras de una cantidad infinita de erupciones de herpes. Había empezado a caérse el pelo. 

He pensado en ella igual que he pensado en otras personas que han muerto. Nunca he comprendido por qué hay que interrumpir las relaciones o la amistad con los muertos por el simple hecho de que ya no existan como seres vivos. Mientras yo los recuerde, están vivos. 

Arenas Movedizas es la supervivencia con el trasfondo de toda una vida rebosante de crónicas y aventuras que vienen a entreverar el aterrador destino. En consecuencia es pura vitalidad en confrontación con la muerte y la desmitificación de ciertos sueños de infancia. ¨Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo¨. En ese instante adquiero mi identidad. Antes, mis pensamientos eran tan infantiles como cabía esperar. Ahora se materializaba un estado totalmente distinto. La identidad presupone conciencia…La vida se toma de pronto una cuestión seria. 


Pero vi a una niña que daba saltos en un montículo de nieve, saltaba llena de energía y felicidad. Me vi a mí mismo de niño, saltando en la nieve. Ahora tenía sesenta y cinco años y un cáncer. Y no saltaba. 

Incluso a veces cabe una esperanza en el fango de de la catástrofe.

Fue emocionante y, al mismo tiempo, estuvo impregnado de una alegría inmensa. El diálogo entre los hombres era posible, era posible conseguir que terminara la guerra. Viví un episodio que hizo que temblara la tierra, algo había terminado y algo distinto empezaba. 


Mención aparte algunos proyectiles de la novela, acerca de posteridad y los legados de futuras generaciones. Cabe el registro de un autor, sensible y ecologista, profético de la gran glaciación. El porvenir de la antropología no serán hallazgos del talento, revelaciones del arte. Caerán en olvido y amnesia: Da Vinci, Velázquez, Shakespeare, Cervantes, Beethoven. La nueva reliquia será nuclear, enterrada en bóvedas bajo tierra.

Pero creo que me abstendré. También del humo y del crematorio se liberan moléculas que se mezclan otras. 


La eternidad y los ciclos están en todas partes. 

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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