Arde Madrid, de Kiko Herrero

Arde Madrid, de Kiko Herrero

Arde Madrid HerreroEl arranque de la novela es una metáfora sublime. Todo un prodigio. Página quince.

Veinte hombres y ocho bueyes gallegos de dos toneladas cada uno tiran de un remolque. Por la carretera de La Coruña, el convoy franquea el puerto de los Leones a 1600 metros de altitud. En bajada, la carga arrastra la caravana. Cubierto por una lona embreada, atado como un asado, el cadáver de una ballena de dieciocho metros se abre camino. El sol derrite el cetáceo. La Cruz de los Caídos asoma entre peñas de granito: Madrid, destino final, está cerca.

Pero claro, luego hay que leerse el libro.

Arroz con cosas. Y llegó otra gran novela del año. Arde Madrid. La escribe un tal Kiko Herrero (que tiene nombre de fichaje de invierno del Getafe) y no le conoce ni Dios.  La factura del libro, en cambio sí es reconocible. Es la novela catálogo de cosas, a través de las cuales se cuenta la historia de un tío, de una familia, de los putos traumas, de los malditos demonios. De Madrid. Con sus tornillos de IKEA para el montaje del mueble (un Grijander que parece fácil, pero no. Se va rayando). El desacomodo en el mundo, el trauma, la enfermedad, ya se inventó en el siglo XVII, centuria que pasó a la historia como universo donde la gente follaba sin darse tanta puta importancia y la muerte iba con orujo.

Existe ese yo de artificio para hablar de los otros, de sus vidas y sus paranoias y de que son gordos y feos, un yo para hablar de lo que le sale de los cojones, para pasar el cosmos por el filtro de sus criterios socio-políticos; y de vez en cuando el yo recóndito del alma que no tiene término medio. Irritante o no irritante.  No obstante, el tipo, como buen central derecho del Getafe pega unas patadas que duelen. Es su trabajo, si te cabreas, es tu problema, o igual eres rubia de bote como Ylenia Gran Hermano. Quicir, es poesía novelística (es la gran salvación de esta novela, véase abajo), quicir,  es sensible, quicir, Kiko te entrega sus vísceras. Este libro era para mí pero no era para mí, tengo justo el yo indiferente aunque cierta disposición emocional.

Luego está el tema de que os creéis que por hablar mucho de un libro los demás tenemos que leerlo. Vale, por eso lo pedí, y por la portada, que es cojonuda para la silla de madera del cuarto de baño.

Conocemos de antemano el castigo que nos espera: veinte días de dolores; tres meses sin voluntad.  Ése es el resultado.

 Sólo queda una piltrafa. Una piltrafa que se descompone sin orgullo, sin dignidad, un amasijo de huesos y carne vampirizado por el caos.

Véase pues. Leyendo ciertas novelas testimoniales de mierdas, es decir, cáncer, drogas, homosexuales, maricones, sillas de ruedas y abuelas muertas, he tenido la percepción de estar en un vagón del metro y escuchar a una señora gorda hablarle a un marido inapetente sobre la morbosa y notoria tragedia de un hijo yonqui o una quimioterapia de la hostia.  Y mira tú,  por ahí no, o me cambio de asiento o a bajarse antes. Comprendo tu dolor y la angustia de los periódicos, pero es tu puto dolor. Así determinados libros confesionales pueden crispar hasta el punto de pensar en la trascendencia, la envergadura del autor, que se habla a sí mismo de usted y va el tío y nos cuenta sin pudores sus enfermedades y sus autopsias; nosotros también tenemos cánceres, entierros  y hospitales pero en fin, not disturb. El salvoconducto es la estética. La salvaguardia es que la médula, la inherencia del libro, es LITERATURA.

Al lector, al tipo que tiene el título de Leedor Guay y Áspero poco le importa la angustia del escritor si no hay género ni arte.

Post Data: la alegría es una coordenada de la tragedia.

Y así sucesivamente, hasta el infinito. Todo el mundo se pone a cantar, incluidos los Aspiroz. Acabamos todos por los suelos muertos de risa. Pero ya empieza el partido.

Arde Madrid, Kiko Herrero, Sexto Piso: 2015.

 

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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