ANASTASIA, el musical.

ANASTASIA, el musical.

Por NACHO CABANA.

Abandonar esa versión de Blade Runner 2049 en que las obras sin fin han convertido la Gran Vía madrileña y entrar en el histórico teatro Coliseum, renovado y engalanado (sin perder su aroma a 1932) para albergar la primera producción del musical Anastasia fuera de EE.UU (aunque en breve estará en Stuttgart) es ya en sí mismo un bálsamo para la vista y los nervios.

Anastasia fue una película de dibujos animados de 1997 dirigida por Don Bluth y Gary Goldman, dos renegados de Disney que en aquella fecha llevaban años intentando hacerle la competencia a la omnipresente corporación del ratón con películas como El secreto de Nimh o Fievel y el nuevo mundo. Adapta el film, para los niños y con canciones, la leyenda de la princesa que le da título, supuesta superviviente de la matanza de la familia del último zar ruso por parte de los bolcheviques.

Su versión teatral (estrenada en NYC el año pasado) sigue fielmente los parámetros de La bella y la bestia antes que los de El rey león (por citar otros dos espectáculos producidos en España por Stage entertainmet). Es decir, un clasicismo en la partitura (de Stephen Flaherty y Lynn Ahrens) y en la dirección (de Darko Tresnjak) que renuncia a cualquier atrevimiento y confía su eficacia a las voces e interpretación de los actores, el vestuario y la iluminación.

Paradójicamente, donde más innovadora es esta Anastasia es en la tecnología empleada por Alexander Dodge para su dirección artística. En ella los elementos físicos del decorado se alternan y combinan ingeniosamente con enormes proyecciones en alta definición en el fondo y técnicas de mapeo (ya empleadas en El guardaespaldas) para facilitar cambios rápidos de escenario y ubicación geográfica (algo fundamental en un libreto ocupado en buena parte por un viaje).

La combinación de los dos laterales móviles con lo que antaño hubiera sido un ciclorama es utilizada por Dodge para dar una acertada impresión de profundidad a las escenas. Aunque se podría haber llevado un poco más allá la interacción entre ambos elementos, es tan vistosa como eficaz toda la escena a bordo del tren sin paredes (especialmente cuando se pone de perfil) y la que tiene lugar, al final, en el teatro de la ópera. Más discutible es confiar el gran número anterior al entreacto a una simple animación reforzada por el movimiento de un foco sobre los espectadores.

La iluminación de Donald Holder, que alterna blancos y rojos con algunos dorados y una presencia de nieve en las secuencias rusas, ayuda a crear la atmósfera de cuento de hadas que tiene el relato.

La Anastasia que podemos ver en el Coliseum madrileño es un musical donde, al renunciar al supuesto gancho de nombres populares en el reparto, todo el elenco ¡albricias!, canta, baila e interpreta con diligencia y brillantez. Y además hay en el foso una orquesta completa en lugar de un cuarteto o una banda de rock.

La jovencísima Jana Gómez (a punto de cumplir los 22) se ha pasado toda su vida en el escenario y preparándose para encabezar una gran producción como ésta. Frente a ella destaca Carlos Salgado como el malvado Gleb, estupendo de voz en todo momento y brillante en el segundo acto. La argentina Silvia Luchetti sobreactúa en algunos pasajes dialogados pero nos ofrece un estupendo “La noble y el vulgar mortal” junto a Javier Navares que esquiva la tentación de ser el “alivio cómico” del espectáculo. Àngels Jiménez como la emperatriz asume con credibilidad el reto de interpretar a alguien mucho mayor que ella y está excelente (como la protagonista) en el enfrentamiento dramático final.

El diseño de vestuario de Linda Cho es el sueño de cualquier niña que quiera ser princesa y brilla hasta la última fila del patio de butacas pero también acierta al vestir a los bolcheviques.

La adaptación al español de las canciones por parte de Roger Peña es correcta y respetuosa. Que es lo que tienen que ser todos los implicados en la adaptación española de un show creado y generado por una industria que tiene una tradición mucho más larga que nosotros en el género.

Otra cosa, claro, es la ideología que subyace en el libreto del gran Terrence McNally y que me temo viene heredado directamente de la película. En la Rusia de los zares que pinta Anastasia, toda la población vivía como éstos, en una fiesta constante de lujo y glamour ahogada en sangre por los bolcheviques, esos desarrapados que llenaron el país de miseria y oscuridad (como si no éstas no hubieran existido con anterioridad y provocado la caída de la élite). Las puntualizaciones finales a este discurso llegan demasiado tarde, al final del espectáculo cuando ya está todo dicho.

Más dinámica en el segundo acto que el primero, Anastasia no tendrá problemas para estar en cartel toda esta temporada y parte de la siguiente, llenándose hasta los topes en Navidad. Esperemos que para entonces hayan desaparecido las vallas y los socavones en la Gran Vía y no haya comenzado aún la destrucción de la Plaza de España as we know it.

Autor

Nacho Cabana
Escritor y guionista profesional desde 1993. Ha trabajado en éxitos televisivos como COLEGIO MAYOR, MÉDICO DE FAMILIA, COMPAÑEROS, POLICÍAS EN EL CORAZÓN DE LA CALLE, SIMULADORES, SMS y así hasta sumar más de 300 guiones. Así mismo ha escrito los largometrajes de ficción NO DEBES ESTAR AQUÍ (2002) de Jacobo Rispa, y PROYECTO DOS (2008) de Guillermo Groizard. Ha dirigido y producido el documental TRES CAÍDAS / LOCO FIGHTERS (2006) presentado en los festivales de Sitges, DocumentaMadrid, Fantasia Montreal, Cancún y exhibido en la Casa de América de Madrid. Ganó el premio Ciudad de Irún de cuento en castellano en 1993 con LOS QUE COMEN SOPA, el mismo premio de novela en castellano en el año 2003 con MOMENTOS ROBADOS y el L´H Confidencial de novela negra en 2014 con LA CHICA QUE LLEVABA UNA PISTOLA EN EL TANGA publicada por Roca Editorial. Acaba de publicar en México su nueva novela VERANO DE KALASHNIKOVS (Harper Collins). Su nueva serie, MATADERO, este año en Antena 3 y Amazon Prime.

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