Amores Perdidos o aclarar que la orientación sexual no es una decisión arbitraria

Amores Perdidos o aclarar que la orientación sexual no es una decisión arbitraria

“Amores Perdidos o ¿cuántas veces aún hay que decir que la orientación sexual de un individuo no depende de una decisión arbitraria, tomada un día cualquiera, tal como si se decidiera si comprar un móvil de una marca u otra?”

Por Andrea Perissinotto

Me gustaría creer en las sonrisas. En los labios que se separan e hinchan los mofletes, perfilando unas arrugas justo por debajo de los ojos, en el umbral de una mirada que arrebata los recuerdos, los malos recuerdos, y deja fluir las emociones. Más allá de la esperanza: la contundente sensación de libertad. Algo tan supuestamente natural como caminar por la calle sin tener que mirar atrás, algo tan sencillo como vivir, sin tener que pedir por favor -o perdón- por ello. Aquella facultad de desmarcarse de los prejuicios es una asignatura que muchos gays, lesbianas, transexuales y bisexuales hemos aprobado gracias a repetidas clases particulares de humillación. En nuestra propia piel, a veces, aún florecen las dudas de si somos “justos” en esta sociedad que intenta, a través de distintos medios y congregaciones, adoctrinarnos sobre cómo reprimir todo lo que no se considera normativo. Aniquilando las diferencias y los “diferentes”.

A mí también me costó asumirlo, pero la otra noche, al salir del Teatro La Encina, pensé que el verdadero amor desperdiciado es aquello que nos negamos a nosotros mismos: el amor como oportunidad, como síntoma de libertad. Algo que debería de ser un derecho universal y no lo es. Amores Perdidos, la obra con la que se estrena este nuevo espacio de creación contemporánea en la calle Ercilla de Madrid, nos enseña que, a pesar de las penurias, las situaciones adversas, el báratro que parece irreversible, siempre queda un margen para la esperanza y, sobre todo, que el motor de esa esperanza somos nosotros mismos. Pero también subraya la importancia de la amistad, de cuánto necesitamos que alguien nos recuerde qué es el cariño, la empatía, el afecto.

Amores Perdidos, Juanse Rodríguez y Paco Sáenz, es un relato que aglutina tantas capas de amargura y desilusión, al igual que un sinfín de opciones para prescindir de las brutalidades de un destino opaco. Una lámina aparentemente inexpugnable bajo la cual no hay vía de escape. Pero sí la hay.

Nos lo demuestra Concepción (interpretada por Alejandro Marzal). Una mujer transexual que comparte una sórdida habitación del centro de la capital con Adela (Lucía Martínez Villar). Dos compañeras de la noche cuyas vivencias profesionales y personales sirven como punto de partida para alejarse de lo estrictamente necesario, la subsistencia, y bucear en las proyecciones de unas vidas distintas a las que parecen estar abocadas. Sin embargo ir rascando lo superficial, en búsqueda de lo real, no siempre es una tarea fácil. Menos aún en una historia que se sitúa a principios de los años 80, en un país recién salido de la dictadura en el que la delincuencia, el tráfico de drogas y la prostitución eran una práctica cotidiana con la que convivir.

Aún así este espectáculo, dirigido por Paco Sáenz, repele la compasión más básica que se podría probar hacia estas meretrices. El director traza la evolución de los personajes, conduciéndolos, a través de una montaña rusa de arrepentimientos, vergüenzas y recuerdos familiares, hasta el más complejo reconocimiento de un deseo íntimo e inalcanzable: la maternidad.

Ángel Ferrero, Lucía Martínez Villar y Alejandro Marzal en un momento de la representación de Amores Perdidos

Ángel Ferrero, Lucía Martínez Villar y Alejandro Marzal en un momento de la representación de Amores Perdidos

El debate que se abre sobre el concepto de familia, entendida desde el prisma de una sociedad que impone unos cánones estrictos e irremisibles, forjados en la composición unilateral hombre/mujer (en este orden), a los que ceñirse sin rebatir, es uno de los ejes centrales de la obra. Argumentar que existen variables intrínsecas al propio ser humano, desvinculadas de unas supuestas elecciones que se puedan cumplir a posteriori (¿cuántas veces aún hay que decir que la orientación sexual de un individuo no depende de una decisión arbitraria, tomada un día cualquiera, tal como si se decidiera si comprar un móvil de una marca u otra?) parece un ejercicio de rebeldía, en vez de tratarse de un hecho humana y científicamente comprobado. En ese campo de batalla Concepción cae y se levanta, una y otra vez. Las palabras de su amiga Adela son rasguños que se convierten en heridas, hematomas que se ceban de su firmeza, de su lucha hacia la igualdad. ¿Una transexual puede ser madre? Pues no. No, no, no. No cabe duda, no es normal.

Y cuando Adela parece haber aniquilado a su amiga con la más lineal de las negaciones, Concepción la deslumbra con su amor. Un afecto algo egoísta, quizá, porque se funda en el afán de llevar a cabo un embarazo que no le corresponde, pero ese anhelo guarda consigo el origen de una nueva existencia.

Con respecto a la propuesta original, el montaje que llega a la sala madrileña, incluye otro personaje: el de Felipe (Ángel Ferrero), el hijo de Adela. Felipe encuentra un diario en el viejo piso, donde antaño vivieron su madre y la amiga. Página tras página las verdades se van sobreponiendo a los recuerdos. Es allí donde se genera en el escenario un interesante triángulo de voces y silencios, en el que se desentrañan los caminos de cada uno de ellos: tan diversos y tan inmensamente afines. Sus sueños, ahogados en la intolerancia, se han convertido ahora en la vacuna que esta obra nos ofrece para que despertemos y veamos como la dignidad de un ser humano reside en sus acciones y no en su género.

Veo hacia el final de la representación un brillo nuevo, en los ojos de Concepción. Que no es sólo llanto ni tampoco pura felicidad. Luego sonríe y desvanece para siempre, salvo renacer en los folios de aquel diario que habla de un niño que fue para ella el regalo más grande. Y quisiera creer que hoy, tres décadas después, no haya que sentirse culpable de ser felices.

Me gustaría creer en las sonrisas. Las de las madres solteras, las de aquellas mujeres que han adoptado sus niños, las sonrisas de las parejas de heteros, gays y lesbianas que ven crecer a sus hijos y los quieren. La sonrisa de mi madre. Y aquella de todas las mujeres, y de los hombres transexuales que aún luchan para que se les reconozca por lo que todos somos: personas.

 En cartel en Teatro La Encina, -Madrid-, más información de fechas y horarios aquí

Autor

Andrea Perissinotto
Andrea Perissinotto es un artista italiano y comisario independiente. Vive y trabaja en Madrid desde el 2007, donde ha realizado diferentes exposiciones tanto individuales como colectivas. Sus obras se encuentran en galerías de Madrid como en colecciones particulares y públicas de distintos países. Entre sus proyectos de comisariado destacan “Exposición N. 1 (acto primero)” en Matadero Madrid y “Day Use” para el proyecto de nuevos comisarios en ROOM ART FAIR #3.

4 comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *